ENSAYO AUTOBIOGRÁFICO – Texto e ilustraciones por Flavia Mauro
Me llamo Flavia, soy docente de arte y escritora. También coordino talleres, ilustro para algunas revistas y alterno con el diseño gráfico.
Tengo 48 años y estoy casada con Sol, que hace honor a su nombre porque es un ser excepcional. Es docente y escritora. Ambas orgullosas madres de León, nuestro pequeño de 4 años.
Estamos viviendo un sueño: literalmente enamoradas de nosotras, de nuestra familia y de la vida, conscientes de que somos privilegiadas por no tener miedo de andar de la mano, de demostrar nuestro amor en público, razón que nos deja profundamente agradecidas de las múltiples luchas colectivas de tantas otras, tantos otros y otres compañeres que tuvieron que vivir en las sombras.

En cambio, a nosotras nos toca sentirnos seguras, gracias a la ley de matrimonio igualitario que nos permitió casarnos, no esconder nuestro amor de nada ni de nadie, poder trabajar sin miedo y expresar nuestro orgullo sobre la familia que formamos y, sobre todo, poder adoptar a nuestro hijo con todas la garantías, derechos y obligaciones que las múltiples leyes en función de mejorar la vida de nuestro colectivo nos han brindado.
Es difícil simplificar mi camino, lo intentaré. Mi primer amor fue el olor a plastimasa, el disfrute de la mezcla de los colores sobre la hoja, los brillos y los arcoíris que nacían de cristales. A los cuatro años decidí que quería ser pintora y así proseguí contra todo pronóstico social.
Mi segundo amor fue el arte y su diversidad…la calle me enseñó más del arte y la vida que los libros.
Cuando tenía 12 años, mi padre se quedó sin trabajo. Entonces sacamos una parrilla a la calle y comenzamos a vender choripanes en la puerta de casa. Vivíamos en un barrio marginal de Rosario, donde nuestros clientes eran jornaleros de campos cercanos, vendedores ambulantes de palanganas y fuentones, albañiles que hablaban en guaraní, adolescentes drogadictos de ojos grandes, prostitutas de la tercera edad como La polaca o la Irma, rufianes de poca monta, laburantes de fábricas que andaban en bicicletas, niñas que cuidan niños y mujeres inmigrantes trabajadoras de limpieza. Todos ellos eran nuestros vecinos y vecinas y también nuestros principales clientes.

Yo estudiaba el primer año de la tecnicatura en arte y, al lado de la parrilla, donde preparábamos los choripanes, tenía siempre mi caballete de pintura, con mi paleta con óleos y pinceles, también libros de Picasso, de Monet, Manet, Miguel Angel, Frida Khalo.
Mientras pintaba, hablaba de arte y de sueños con todos ellos. Algunos nunca habían visto un cuadro, algunos me pedían probar darle unas pinceladas a lo que estaba haciendo, otros me contaban que siempre les gusto el dibujo pero que nunca nadie les ayudo o que tenían que trabajar. Algunos me traían sus dibujos de la infancia, conservados entre papeles secantes y los mostraban con orgullo a esa Flavia choripanera de 12 años que sabía mirar con entusiasmo sus monigotes escolares.
De pronto, las mamás mandaban a sus hijitos a aprender dibujo y, comencé a dar clases.
Sacábamos una mesa de plástico y, mientras vendíamos choripanes, alternábamos la atención con mi hermano de apenas 10 años. Mis padres hacían cualquier changa, nosotros nos encargábamos de cobrar, dar vueltos, preparar y vender los choripanes. Mientras, ya te digo, la vida se sentía menos triste, menos pobre, menos inútil y sin sentido

Al tiempo fuimos creciendo, y de la pintura en caballete pasé a hacer esculturas en yeso. Llegaron nuevos clientes que trabajaban con ese material: los albañiles yeseros me daban consejos. Luego, me animé a las tallas en madera, y ahí aparecieron otros personajes que manejaban máquinas diversas, como las soldaduras de chatarra, todo en la misma esquina de ese barrio pobre y perdido.
Cada vez, más gente se acercaba por los mejores choripanes y atraídos por un amor desconocido, pero cercano, al arte, el acto de emplear el tiempo en una ocupación sin el peso de la cordura del consumismo, sin el rol social que los mantenía al margen de la sociedad, como vecinos simplemente.
Se acercaban a crear conmigo. Las improvisadas charlas de arte y talleres abiertos a la comunidad se daban en la tarde de manera sencilla, sin bombos ni platillos, entre el entretiempo del partido de Central/Ñul , que mirábamos desde el televisor que mi mamá sacaba a la vereda.

Más adelante participé de algunos concursos, recibí algunas menciones y gané alguna beca. Sin embargo. la identidad se construye desde adentro en soledad y de manera personal. Fue entonces que me descubrí distinta, rara, no convencional, y me pude ver como lesbiana. Era la época que la policía te llevaba presa si te veía de la mano con alguien del mismo sexo. Era la época en que ser diferente era un acto casi seguro de violencia, donde ir a un boliche era no saber cómo ibas salir, si tranquila o con la yuta esperando en la puerta.
Pero me refugié en el arte una vez más.
Lo que más me enorgullece es que fui parte de la lucha colectiva por los derechos LGBTIQ+ poniendo cuerpo y arte. Compartí el camino con compañeres travas, prostitutas, maricas, tortas, andróginos exquisitos, todos diversos, todes distintos y, a la vez, dueños de certezas únicas.
Nada genera más paz que sentir honestidad con lo que se piensa, se siente y se hace. Nada es más gratificante que ser consecuente con nuestros deseos profundos, sabernos dueños de nuestros cuerpos, libres y alegres. Ser dueños de nuestras identidades, portadores genuinos de una verdad que a muchos molesta.
Nuestro amor también existe y no le hacemos daño a nadie.
Nota editorial
Las colaboraciones publicadas en esta sección forman parte de una convocatoria abierta impulsada por Archivo para promover la escritura, la creación y el pensamiento crítico. Este espacio busca amplificar las voces de mujeres y otras disidencias, abrir conversaciones y aportar nuevas miradas sobre el presente.
Las ideas, opiniones y expresiones contenidas en cada publicación son responsabilidad del autor/autora/autore. La obra pertenece a quien la creó y se publica en Archivo con su autorización.







