Por: Vanessa Montañés
Nos enseñaron a ocupar poco espacio, a pedir permiso incluso para respirar con la intensidad suficiente como para que nuestra existencia dejara huella, a convertir la duda en una segunda piel y la prudencia en una virtud inquebrantable, mientras la historia escribía sobre nuestros nombres con una tinta tan espesa que durante siglos confundimos el silencio con el destino y la obediencia con la única forma posible de supervivencia.
Pero toda superficie conserva, incluso bajo las capas más obstinadas del olvido, las palabras que alguna vez fueron pronunciadas con la esperanza de transformar el mundo, y así ocurre también con nuestros cuerpos, con nuestras voces, con nuestras genealogías invisibles, porque cada mujer lleva inscrita una memoria que ningún poder ha conseguido borrar del todo, una escritura antigua que resiste bajo las versiones oficiales y que espera, paciente, el instante preciso para volver a leerse.
Escribir no consiste únicamente en ordenar palabras sobre una página, sino en desafiar los márgenes que otros dibujaron para nosotras, en abrir grietas allí donde parecía existir únicamente piedra, en devolverle volumen a las voces reducidas a nota al pie y presencia a quienes fueron expulsadas del relato colectivo por el simple hecho de existir fuera de la comodidad de los discursos dominantes.
Quizá por eso la literatura continúa siendo un territorio profundamente político incluso cuando habla de un abrazo, de una cocina, de una infancia o de una cicatriz, porque toda historia que devuelve humanidad a quien fue convertida en ausencia modifica, aunque sea imperceptiblemente, la arquitectura del mundo.
No escribimos para ocupar un lugar que alguien nos conceda. Escribimos porque el lugar ya existía mucho antes que los límites impuestos, porque cada texto amplía el mapa de quienes vendrán después y porque ninguna revolución comienza con un estruendo, sino con una frase capaz de impedir que otra persona vuelva a sentirse sola al reconocerse en ella.
Vanessa Montañés es escritora, articulista y creadora literaria. Tras más de dos décadas de trayectoria profesional como administrativa, ha orientado gran parte de su trabajo hacia la escritura, explorando temas como la memoria, la identidad, la salud mental, la igualdad y las relaciones humanas a través de una prosa de marcado carácter poético y reflexivo. Ha participado en antologías y revistas culturales, y ha sido reconocida en diversos certámenes literarios.
Nota editorial
Las colaboraciones publicadas en esta sección forman parte de una convocatoria abierta impulsada por Archivo para promover la escritura, la creación y el pensamiento crítico. Este espacio busca amplificar las voces de mujeres y otras disidencias, abrir conversaciones y aportar nuevas miradas sobre el presente.
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