Por: milo angel
Hay un mito entre las clases medias-altas de la generación milenial de muchas ciudades que versa más o menos así: “la generación de nuestros padres y abuelos contó con más suerte, pudo comprar casa, permanecer años en un mismo trabajo, tener estabilidad laboral prolongada”. Lo he escuchado repetirse en entrevistas, ensayos, libros, hasta en series de TV. Quiero hablar brevemente de esa realidad, pero desde este rincón del mundo llamado Ciudad de Guatemala, donde el mito se cae solo.
En primer lugar, hay que desmontar la melancolía1 de ese mito: ni mi mamá ni mi papá, pertenecientes a la generación X, gozaron jamás de esa idílica estabilidad financiera que el Norte Global ahora llora haber perdido. Al contrario, mi familia no experimentó el Estado de bienestar, experimentó el terrorismo de Estado.
Rosa, mi mamá llegó a la incipiente Ciudad de Guatemala porque su aldea fue asediada por la violencia genocida y militar de Ríos Montt. Las mujeres de mi familia, campesinas descendientes del pueblo Mam y Quiché, no fueron excluidas del sistema; fueron integradas a él mediante la forma más cruda de la acumulación originaria: el trabajo a destajo en fincas y rancherías. No tuvieron acceso a educación porque era más importante trabajar en la tierra para sobrevivir que estudiar para “tener un mejor empleo”; mis abuelas y abuelos no tuvieron empleos en fábricas industriales, en bancos, universidades o en el Estado, mis abuelxs trabajaron en la tierra sembrando, cuidando y cosechando. Siempre he sido consciente que el trabajo en mi familia ha estado relacionado con la tierra.
Huir diaspóricamente hacia la Ciudad de Guatemala a mediados de los 80 fue, para la mayoría de las mujeres de mi familia, una agonía (así lo cuenta todavía mi abuela Rosa). Que se llegue a la ciudad huyendo del genocidio es un hecho poco estudiado en este país, y tiene sentido. Esta ciudad, con su olor a fosa abierta y nombre borrado, no es un refugio; es una maquinaria construida sobre la explotación histórica, el trabajo de cuidados no remunerado y el despojo territorial de multitudes que vinieron huyendo de la metralla para terminar enriqueciendo a las familias de la oligarquía que Marta Casaús tan bien documenta.
Tengo demasiadas razones para cuestionar la ciudad y la forma como precariza a la mayoría de quienes la habitamos. Las ciudades modernas y la urbanización han sido, históricamente, herramientas de control estatal y acumulación capitalista: fomentan la explotación masiva de especies no solo la humana, promueven la enajenación social, y despojan territorios. Esta ciudad apestosa centraliza burocracia, policía y vigilancia para facilitar la dominación de quienes la habitan; la vida urbana rompe los lazos comunitarios locales y los reemplaza por la dependencia de instituciones jerárquicas. Además, este lugar se cae a pedazos en sus arterias principales. Por eso resulta casi un insulto observar cómo ciertos sectores de la mal llamada ‘sociedad civil organizada‘2 romantizan lo ‘comunitario’. Hay una urgencia real por tejer comunidad, pero esta necesidad ha sido secuestrada por el discurso de distintas ONGs que, en su afán de ‘incidencia’, mercantilizan el tejido social para justificar su propia existencia burocrática.
Lo diré de manera clara: la fragmentación social en la Ciudad de Guatemala no es un daño colateral de la ‘violencia’ abstracta; es un diseño urbanístico intencional. Las políticas espaciales de la administración Quiñónez-Arzú operan como una tecnología de contrainsurgencia urbana: la proliferación de centros comerciales, el boom inmobiliario de multifamiliares diseñados para el aislamiento celular y la especulación financiera usurera no son neutrales. Están planificados para producir individuos atomizados, endeudados y políticamente dóciles, incapacitados para la interdependencia.
Esto sin contar las múltiples violencias, envenenamientos y matanzas hacia otras especies y seres que esta ciudad realiza. No está de más recordar la activa y constante contaminación hacia los ríos Las Vacas, Chinautla, Villalobos y Pixcayá, sin contar las cuencas del Motagua y María Linda3, que llevan décadas siendo envenenadas. La cuenca del Motagua sufre un impacto ambiental crítico debido a que recibe, principalmente a través del río Las Vacas, las aguas residuales y toneladas de basura de millones de habitantes de la capital. Por su parte, hacia el sur, el río Villalobos es el principal motor de deterioro de la cuenca María Linda, arrastrando sedimentos, basura y químicos que provocan la severa eutrofización del Lago de Amatitlán.
Este proyecto de ciudad racista, capacitista y especista descansa sobre los restos de formas de vida que se ahogan diariamente en el veneno de la producción urbana. Todos estos elementos constituyen una suerte de necroarchivo en el que las otras especies atestiguan su propio exterminio. Frente a esto, una de mis intenciones políticas y académicas es articular una praxis investigativa multiespecie que visibilice el grado de envenenamiento que sufren los seres con lxs cuales cohabitamos en esta ciudad.
Esto exige desplazar la mirada y transformar la relación que tenemos con estas otras materialidades, vidas y significados. Requiere transitar hacia ontologías relacionales4 con los ríos, los lagos y las demás especies, para así asumir los archivos que estas formas de vida nos legan como una responsabilidad política ineludible. Finalmente, tanto humanos como no humanos atravesamos una precariedad rampante bajo la sombra de este proyecto humanista ladino; una maquinaria que se atasca y muta con cada microfascismo encarnado en los jueces, presidentes, alcaldes y rectores que continúan al mando de las democracias tecnofascistas.
Finalmente y para puntualizar la situación económica para quienes ejercemos la investigación social desde el Sur es de una precariedad asfixiante. Mientras los colegas de generaciones anteriores lograron afianzarse en líneas de investigación que hoy lucen empolvadas, nosotrxs operamos en la intemperie. La avanzada del tecnofascismo global ha pauperizado nuestro oficio: vemos cómo las consultorías, investigaciones, docencias y demás oportunidades laborales escasean o cómo los términos de referencia, generados por Chat-GPT, exigen credenciales absurdas para producir metodologías desarrollistas que terminarán en el archivo muerto de alguna ONG. Nos exigen operar como máquinas en un mundo que desprecia nuestro trabajo crítico.
Mi historia no tiene pedigrí académico; mis abuelas y tías no se graduaron de la universidad, pero es un error pensar que carecían de epistemología. Como sugiere Katherine Hayles, la cognición5 no es un atributo exclusivo del ‘humano’ ilustrado; es una característica de la materia en interacción con su entorno.
La capacidad de mis abuelas para dar una respuesta práctica, para organizar la subsistencia y resistir el despojo de la guerra mientras el mundo se desmoronaba, fue un acto de profunda complejidad cognitiva.
Esa es la herencia que reclamo. La verdadera interdependencia comunitaria no saldrá de un informe consultor, sino de reapropiarnos de esa energía vital y material para devolver, restaurar o solo intentar regenerar otros mundos.
1 La melancolía milenial por el Estado de bienestar no es una idealización romántica de los años sesenta o setenta, sino el dolor por un futuro que fue prometido y posteriormente cancelado. Reconocer esta «hantología» siguiendo a Mark Fisher, es un acto crítico: visibiliza cómo el neoliberalismo no solo precarizó las condiciones materiales, sino que también colonizó la capacidad misma de imaginar y desear una alternativa colectiva al presente.
2 En el discurso político contemporáneo, apelar a la «sociedad civil» o a la «sociedad civil organizada» se ha convertido en el recurso por excelencia para dotar de legitimidad y autoridad moral a ciertas protestas, ONG y movimientos sociales. Sin embargo, desde la mirada crítica de los intelectuales orientales, esta categoría está lejos de ser un espacio neutral y democrático; es, por el contrario, un mecanismo de dominación que perpetúa jerarquías coloniales. El problema fundamental radica en la propia carga histórica del término «civil». Al legitimar la movilización política bajo la etiqueta de «sociedad civil», se traza inmediatamente una frontera excluyente y binaria: si hay un sector de la población que es «civil», existen necesariamente otros que no lo son. Esta dicotomía reproduce intacta la misión civilizatoria del colonialismo. El término «civil» se utiliza para clasificar a las poblaciones, otorgando legitimidad a los «civilizados» —aquellos que protestan u operan mediante formas occidentales, burguesas, urbanas, institucionalizadas y letradas— mientras margina y criminaliza a los «no civilizados» o «salvajes». Las comunidades indígenas, los campesinos, los habitantes de la periferia urbana o los movimientos populares que no dominan la gramática del Estado moderno quedan automáticamente excluidos de la respetabilidad que otorga el ser «sociedad civil». Esta deconstrucción ha sido articulada con brillantez por el politólogo e historiador indio Partha Chatterjee, una de las voces más destacadas del Grupo de Estudios Subalternos. En obras fundamentales como La política de los gobernados (2004) y La nación en tiempo heterogéneo (2004), Chatterjee argumenta que, en el contexto poscolonial, la «sociedad civil» es en realidad un club exclusivo. Es un dominio cerrado, reservado para una élite urbana y burguesa que se relaciona con el Estado en términos de derechos constitucionales y legalidad estricta.
3 Para profundizar un poco más en estos datos recomiendo acercar a los estudios de: Wug, M. (2022). Determinación de contaminantes emergentes, metales ecotóxicos y calidad del agua en el Río Las Vacas y Río Motagua. Programa Universitario de Investigación en Recursos Naturales y Ambiente (PUIRNA), Dirección General de Investigación, Universidad de San Carlos de Guatemala (Digi-USAC). Así también a la exploración de Asociación Interamericana para la Defensa del Ambiente (AIDA) (2025). Río Motagua: Una historia de contaminación y un grito por justicia. Y finalmente el trabajo de: Juan Carlos, J. (2015). Generación de crecidas y su relación con la urbanización en la subcuenca del Río Villalobos. Revista Agua, Saneamiento & Ambiente, 10(1), 43-49. Universidad de San Carlos de Guatemala.
4 Para comprender cómo la contaminación se archiva en el Lago de Amatitlán desde una ontología relacional, debemos desplazar la mirada de la química tradicional hacia una geo-archivística de los cuerpos de agua. En esta perspectiva, el agua no es un «recurso» pasivo ni un contenedor de desechos; es un sujeto relacional y sintiente que co-compone el mundo. La memoria material del lago no es un registro pasivo (como un disco duro), sino una memoria viva, corporal e inscrita que reacciona, se transforma y testifica.
5 Así como la categoría de «sociedad civil» traza una frontera excluyente en el terreno político, el concepto tradicional de «cognición» ha funcionado históricamente como un muro de contención epistemológico para separar a lo humano del resto de las entidades del planeta. Durante siglos, la tradición filosófica y científica occidental ha igualado la cognición con la conciencia superior humana, es decir, con la capacidad de razonamiento abstracto y lenguaje simbólico. Esta reducción no es inocente. Al definir la cognición como un rasgo exclusivamente humano, se ha legitimado un excepcionalismo que reduce a los animales, las plantas y los ecosistemas a meros objetos pasivos, recursos carentes de agencia o interpretación, disponibles para la explotación. Es un proceso de jerarquización donde lo que no piensa «como un humano», simplemente no piensa. Esta premisa es desmantelada radicalmente por la teórica poshumanista N. Katherine Hayles en su libro Unthought: The Power of the Cognitive Nonconscious (traducido como Impensado: El poder del inconsciente cognitivo, 2017). Hayles argumenta que debemos descentrar la conciencia humana y reconocer una capacidad mucho más amplia y profunda: el «inconsciente cognitivo». Para la autora, la cognición no requiere autoconciencia. Se define, en un sentido más amplio, como la capacidad de procesar información, interpretar contextos, asignar significado y tomar decisiones que afectan la supervivencia o el funcionamiento de un sistema.
Del autor:
milo angel es antropólogo graduado de la USAC, con experiencias colectivas en organización política e investigativa. Estudia e investiga mediante los nuevos materialismos, los posthumanismos y la exploración de archivos que versan sobre la historia de la historia de la locura y la neurodiversidad, la exclusión y la construcción del sexo/género.
Nota editorial
Las colaboraciones publicadas en esta sección forman parte de una convocatoria abierta impulsada por Archivo para promover la escritura, la creación y el pensamiento crítico. Este espacio busca amplificar las voces de mujeres y otras disidencias, abrir conversaciones y aportar nuevas miradas sobre el presente.
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