Los dilemas de Camelia

Camelia lleva veinte minutos sentada frente a la pantalla, sin hacer nada. No sabe si lo que titila es el cursor silencioso o el parpado de su ojo derecho. La blanquitud hegemónica de la hoja virtual le da ansiedad. Baraja las cartas y pide un consejo. Saca El Colgado. La verdad que para ese consejo, mejor no preguntar. El bebé de la vecina llora. Llora todos los días, todo el día, desde hace dos años. Ya no es un bebé, pero sigue reclamando a su madre como el primer día. Entonces busca algo de música para tapar los alaridos que piden teta. Pone una lista y no le gusta. Pone otra y tampoco. Ya pasaron veinticinco minutos desde que se sentó a escribir y nada. ¡Pero ahora sí! Encuentra una lista de Lofi de domingo lluvioso para escritoras frustradas y le da play. Con este mood va escribir la novela de su vida. Pero le faltó el café. ¿Qué conviene? ¿Prepararlo ahora y ponerse con todo a escribir o mejor esperar a que sea más cerca de la hora de la merienda y aprovechar la interrupción para un descanso ganado? ¿Y cuál sería esa hora precisa, perfecta, indudable e indiscutible para la merienda? Esta es una comida subestimada pero a las amantes de los panificados nos encanta. También podría hacer unos mates ahora y dejar el café para después. Si, mejor mate ahora. Porque el mate es compañía, es algo que haces mientras haces otra cosa, y además está nublado. Y si está nublado, entonces la lógica dictamina que hay que tomar mate. Qué bien estarían unas tortas fritas.

Jamás hizo tortas fritas en su vida. ¿Qué se necesita? Googlea la receta y en realidad son bastante sencillas de preparar pero no tiene harina, algo fundamental. Bueno, puede salir a comprar. Pero ya entre que sale a comprar, se pone a hacer las tortas fritas y tal se va a hacer la hora del café. ¿Y si mejor se compra algo en una panadería? Su reino por unas tortitas negras. Pero acá no hay. Además, está por llover. No va a salir si está por llover. Entonces busca en la alacena algún oasis perdido con alto valor en azúcar agregada. En el fondo queda un paquete moribundo de galletitas de quínoa y chocolate que de sanas no pueden tener nada. Porque no nos mintamos, nada que lo abras y lo termines en una sentada puede ser sano. Están húmedas. Eso es porque alguien no cerró bien el paquete. Igualmente la verdad es que en esta ciudad todo sucumbe ante la humedad. Camelia se pregunta por qué. ¿Será porque está cerca del mar o porque los edificios son viejos? Igual sin la humedad no habría honguitos en los bosques. Los honguitos son como los gatitos del bosque. Cada vez que encuentra uno todo es alegría. Fotito de acá y fotito de allá al honguito. Le gustaría tocarlos pero como no entiende le da miedo que sean venenosos y perder la mano. O peor, que sean de esos asesinos silenciosos que la primera hora está todo bien pero de pronto quedas dura. Y si se muere en el bosque, hasta que se den cuenta que le pasó algo, chau, se la come un jabalí o algo. La pava chilla más alto que el hijo de la vecina. Esto de que solo haya pavas eléctricas es un tema. Nunca se sabe la temperatura perfecta para el mate. Salvo que tengas de las que marcan los grados. Ahí sí, es más fácil. ¿A qué temperatura rompe en hervor el agua? ¿A los 80 o a los 90 grados? ¿Se dice romper EN hervor o EL hervor? Lo googlea desde el celular. La otra vez vio un reel que decía que los millenials siguen usando Google mientras que la generación Z ya incorporó el Chat GPT. A Camelia lo de la IA todavía le da cosa. Es de las que le dicen hola y gracias por las dudas. Igualmente trata de no usarla mucho. Por un lado, porque le preocupa que nos quedemos sin agua en el mundo, y principalmente, porque tiene miedo de dejarse llevar. Una vez se encontró pidiéndole opinión sobre una discusión que estaba teniendo con una amiga. Ella sentía que el tema necesitaba una mirada imparcial que desempatara y se asustó de sí misma cuando se vio preguntándosela a una maquina. Pero cada tanto entra desde la computadora a preguntarle algún dato random como si es verdad que las cucarachas pueden vivir una semana sin cabeza. De hecho, no mueren por estar decapitadas, sino por inanición. Es decir, de hambre. Y lo que es peor, se comen entre ellas. ¿Pero eso será mientras están vivas o ya muertas? Camelia no lo sabe. Después lo va a googlear.


Entre pensamiento y pensamiento la pava sigue hirviendo. Le echa un chorro de agua fría para no quemar la yerba y, con mate y termo abajo del brazo, vuelve a sentarse frente a la pantalla en blanco. La parálisis es total. Y es que de qué puede escribir. De cucarachas y hongos no. Esquiva el monitor y pone el foco fuera de la ventana. La vista no es muy inspiradora que digamos. La habitación que está alquilando es como una cueva subterránea con una modesta conexión al exterior intervenida por siete barrotes verdes que terminan de darle ese toque de prisión del siglo XV tan cotizado en el mercado inmobiliario hoy. Paredes de granito en partes pintadas de blanco, cañerías de función dudosa y un par de arañas que Camelia deja vivir gratis ahí para que se coman los mosquitos que entran atraídos por la oscuridad, completan la decoración. La vista exterior no es mejor. Una escalera metálica con salpicaduras de pintura vieja, una palangana azul desteñida por el sol y las chapas superiores de dos lavarropas oxidados son el paisaje con el que se levanta y se acuesta. Podría escribir sobre no saber qué hacer con la vida. Sobre eso tiene experiencia. Sobre eso y sobre tomar decisiones de mierda. Si tuviera que rastrear en qué momento perdió el norte quizás tendría que volver unos veinte años atrás. Cuando decidió que como quería escribir, tenía que ser periodista y como donde quería estudiar no daban la carrera de periodismo entonces tuvo que anotarse en comunicación. Y como no pudo con la frustración de los docentes de la universidad pública, tuvo que cambiarse a relaciones institucionales en una privada. Y como tenía un titulo que no
servía para mucho entonces vivió pagando derecho de piso en lugares de mierda, con jefes de mierda, por sueldos de mierda, con la promesa de agregar líneas de experiencia a un curriculum que tampoco le sirvió para nada. Y como eso tampoco funcionó, entonces tuvo que cruzar el Atlántico para ser cualquier otra cosa que no fuera eso en lo que se estaba convirtiendo. Y acá está, con las manos paspadas de lavar platos, el ritmo circadiano trastocado por hacer horario nocturno y un cursor titilante que le pide, le ruega, que escriba algo. ¿Circadiano va con s o con c?

Esto de vivir es todo un tema, ¿no? Una experiencia sin cambio ni reembolso. Hay días en que Camelia cree que vale la pena. Pero en la mayoría solo siente el peso aplastante de sus pensamientos. Mientras le da vueltas a esto, a 4000 kilómetros al este una abuela abraza el cuerpo bombardeado de su nieto, a 8000 kilómetros al oeste una mujer grita en la puerta de una comisaria el nombre de su hija; y justo encima de la cabeza de Camelia, su vecina que trabajó 14 horas ese día lavando culos ajenos, se encierra en el baño a llorar porque ya no sabe cómo hacer para que su bebé deje de gritar. Camelia no ignora nada de esto y piensa qué difícil es ser feliz cuando se es mujer, que difícil es amar en un mundo que rompe todo. Quizás puede escribir sobre eso. Sobre la putada que es que te importen tanto las cosas en una época en la que creemos que todo tiene un precio pero nos tratamos como si no valiéramos nada.