Un encuentro para reconocer el origen de los alimentos, sostener la memoria y rescatar la relación entre productores y consumidores
Por Vivian Hurtado / Colaboración
¿De dónde viene la comida que consumimos? Esta pregunta parece sencilla, pero cada vez es más difícil de responder. Para que nuestros alimentos lleguen a la mesa, probablemente han tenido que pasar por múltiples procesos e intermediarios, generando una creciente desconexión entre productores y consumidores. Algunos de los efectos de esta desconexión son: un consumo poco variado de alimentos, la desvalorización del trabajo de los agricultores, el deterioro ambiental y la pérdida de conocimientos tradicionales.
Esa distancia es precisamente lo que el concepto del campo a la mesa busca transformar. No se trata solo de acortar distancias físicas, sino de recuperar la conciencia sobre el origen de los alimentos, las formas en las que son cultivados, la dignidad del trabajo agrícola y la riqueza cultural que se expresa en cada ingrediente. Es un movimiento que invita a mirar la alimentación como un acto ético, afectivo y territorial.
Bajo esta visión se organizó el evento Del Campo a la Mesa: Encuentro Agrodiverso, por Pronoia Espacios y Corazón del Sol. Una experiencia para reconocer a quienes siembran, cosechan y transforman, para valorar los productos locales y de temporada, y para recordar que cada alimento es también una historia, una memoria y un vínculo con la tierra misma. Consumir local y consciente no es únicamente una decisión ambiental; también se convierte en un acto político y una forma de fortalecer la pertinencia y el respeto por el territorio.

El encuentro tuvo lugar en Corazón del Sol, en San Mateo Milpas Altas, un proyecto co-creado por Issa Secaira, Silvia Laz y Erick López y concebido como un espacio vivo para restaurar la conexión con la tierra y devolver la conciencia al acto de alimentarnos. En este restaurante la agricultura, la cocina, el arte y la comunidad se entrelazan para reinventar nuestra relación con los alimentos, reconectarnos con agricultores de distintos territorios, visibilizar proyectos que inspiran y tejer redes que nutren la vida e impulsan paisajes agrobiodiversos en el país.
Una experiencia sensorial para despertar conciencia
La jornada comenzó con la Mesa Agrodiversa, una exposición sensorial que permitió reconocer, sentir, oler e incluso saborear ingredientes locales. Una dinámica para volver a los sentidos, para volver al origen. Redescubrir frutas, verduras y semillas, propias del territorio pero que no siempre llegan a los mercados cercanos, es una forma de reconocer la riqueza y diversidad particular de nuestro país y región, así como la memoria y autonomía alimentaria.
La segunda parte del encuentro consistió en la degustación de un menú profundamente conectado con el territorio: frutas y semillas de temporada, huevos orgánicos y flores comestibles del huerto de Silvia, hongos ostra de la Cooperativa San Bartolomé, tubérculos mixtos y hierbas silvestres locales, junto con frijoles piloy y tomates orgánicos diversos de Tikonel Farms. También se compartieron un pan de majunche con cacao y un flan casero de vainilla de vaina, elaborados con ingredientes de productores agroecológicos de Sacatepéquez y las Verapaces, lácteos locales y miel de la Escuela de Campo CEDRACC en Sololá. Asimismo, se compartieron fermentos con ingredientes agroecológicos elaborados por Corazón del Sol y uno de los participantes.

La experiencia continuó con un taller de tintes botánicos guiado por Ana Elsa Mancía, donde a partir de flores, hojas y rizomas, se exploraron colores como expresión viva de la creatividad y el territorio; y una exploración musical que transformó la bioelectricidad de los alimentos en paisajes sonoros, guiados por la sensibilidad de la DJ Majo Matheu.
Cada actividad fue un recordatorio de que la alimentación es un puente hacia muchos caminos que conforman nuestra cotidianidad.
Re(pensarnos) desde la comida
El encuentro concluyó con un espacio de reflexión donde los participantes compartieron los ingredientes nuevos que descubrieron, los alimentos que les evocan memorias especiales y los compromisos que desean asumir para apoyar la agrodiversidad. Este ejercicio responde a la filosofía del campo a la mesa: comprender que la alimentación no es solo nutrición, sino también identidad, comunidad y responsabilidad.
En un mundo que nos empuja a caminar y escoger con prisa, este espacio se enfocó en deternos a re(pensarnos) desde la comida y tejer comunidad para devolver la mirada a quienes, desde la tierra, sostienen nuestra vida cotidiana, aunque muchas veces pasen desapercibidos
¿Te apuntarías al próximo encuentro?
