Domingo 8 de febrero de 2026. Como otras 128 millones de personas en el mundo, tengo los ojos clavados en la pantalla para ver a uno de los máximos representantes del reggaetón en el medio tiempo del Super Tazón. Espero un primer plano espectacular, un golpe de efecto visual sobre un escenario. Sin embargo, lo que aparece es un plano cerrado de un cañaveral y suelto asombrada: «¡Es caña!»
El cantante Bad Bunny, quien nació en Puerto Rico, con su canción El Apagón denunció la crisis energética y la gentrificación de la isla. Con el tema Lo que le pasó a Hawaï clamó contra el despojo estadounidense y narró cómo lo que siempre fue un bien común (playa, ríos, barrios), pasa a manos privadas, mientras la población local queda excluida.

Ese plano de la caña me resulta un símbolo definitivo. La plantación de caña es la génesis, la cicatriz colonial, el origen histórico que conecta y explica tantos males: el colonialismo y su maquinaria de explotación.
La caña de azúcar no es un cultivo natural en el paisaje, sino la perpetuación de un modelo de explotación implantado por la colonia. Representa la transformación forzada de la tierra para servir a mercados externos, un patrón donde la riqueza local se extrae y se exporta. Son suelos volcánicos, los más fértiles, que pudieran generar alimento pero, de los que se saca nada más que azúcar y ron.
Es un monocultivo depredador que arrasa con la agrobiodiversidad y degrada las fuentes de agua: los ríos reciben los químicos lanzados desde avionetas y el suelo se endurece con cada quema previa a la zafra. Además desgasta los suelos. Concentra la tierra en pocas manos y sacrifica la soberanía alimentaria, convirtiendo territorios enteros en desiertos verdes al servicio de un solo producto.

En cada país tropical, la caña se ha traducido en precariedad laboral y violación de derechos humanos. En Guatemala, las condiciones de quienes trabajan en la costa sur, en la caña, han sido documentadas por Simona Yagenova.
La expansión cañera, como cualquier monocultivo, es un foco de disputas por tierra y agua, pues está vinculada con el desplazamiento de comunidades campesinas. Es también un motor de conflictividad socioambiental.
El daño no es poco. Las fumigaciones aéreas y las quemas afectan la salud de poblaciones aledañas y sus cultivos.
Así, la caña no solo es un cultivo, sino un vector de despojo y un detonante de la lucha por los bienes comunes, enfrentando a poderosos conglomerados agroindustriales con comunidades que defienden su territorio y su modo de vida.
Y sin embargo, ahí están esas mismas comunidades de la costa sur organizándose, sembrando hierba mora, cuidando sus huertos, defendiendo que el agua llegue al mar y las nubes vuelvan a cargarse. Son jóvenes y mujeres organizadas que se niegan a ser paisaje de la ruina causada por los ingenios.
Por eso, cuando Bad Bunny monta un escenario con caña, no está reproduciendo su historia de despojo, de tierra envenenada: la está contando de otro modo. La misma caña que deja a comunidades enteras sin agua, demarca un entorno que se resignifica y, donde desde el campo herido, encuentra tal vez una voz que nos pone delante a esas comunidades.
