La enfermedad de Lyme no se transmite por aire, ni por agua, ni por contacto. Necesita un vector: una garrapata del género Ixodes (la misma que transporta la bacteria Borrelia burgdorferi, causante de la infección). Puede provocar fiebre, fatiga y dolor articular, y si no se trata a tiempo, volverse crónica.
Se transmite por la picadura. Y se propaga en veranos que no terminan.
En Estados Unidos, los CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades) registraron más de 89,000 casos en 2023. Pero estiman que los casos reales podrían superar los 476,000 al año. Una cifra que se arrastra por el calor, la humedad, la maleza.
Los datos que usamos en este artículo vienen de allá. Pero la historia también es nuestra. Porque lo que pasa allá, ya empezó a pasar aquí.
En América Latina, muchas regiones cumplen con las condiciones que favorecen este tipo de enfermedades: temperaturas altas, lluvias irregulares, deforestación, urbanización desordenada, acceso precario a servicios de salud. Garrapatas hay. Mosquitos, también. Diagnósticos, no siempre.
Según un artículo publicado en The New England Journal of Medicine (2022), las enfermedades transmitidas por vectores (como la enfermedad de Lyme, el dengue o el virus del Nilo Occidental) están profundamente conectadas con el clima. No por azar, no por intuición, sino porque la ciencia revela que el cambio climático altera los sistemas ecológicos que permiten su transmisión.

A medida que la temperatura sube, los vectores se adaptan. Viven más. Se mueven más. Pican más. La temporada de transmisión se alarga. La geografía cambia. Las curvas de comportamiento térmico de garrapatas y mosquitos coinciden con las del planeta.
La enfermedad de Lyme es un buen ejemplo. Afecta a humanos, pero también a perros. Provoca fatiga, fiebre, dolores articulares. Si no se trata a tiempo, puede convertirse en una enfermedad crónica. En Canadá y Noruega ya se documentó su expansión hacia el norte.
En Estados Unidos, el aumento de las temperaturas ha favorecido la expansión de las garrapatas Ixodes scapularis, principales transmisoras de la enfermedad de Lyme, hacia nuevas zonas, y ha prolongado su temporada de actividad. Esto se asocia con un incremento sostenido en los casos, según el artículo de The New England Journal of Medicine.
Tres años después, el tema volvió a circular en medios, pero no por un boletín científico, sino por una celebridad:, Justin Timberlake reveló que fue diagnosticado con Lyme. Dijo que actuó con dolor durante toda su gira. Que no lo había contado. Algunos medios lo trataron como chisme. Otros con cierta compasión. Pero casi ninguno mencionó el contexto: el planeta se calienta, los vectores se expanden y las enfermedades se instalan.
Mientras las garrapatas encuentran nuevos bosques, patios y tobillos, las políticas de salud pública siguen enfocadas en el síntoma. Repelente. Ropa clara. No caminar entre la hierba. Revisarse el cuerpo.
Todo eso sirve. Pero no alcanza.
El cambio climático no es solo un problema de glaciares ni de temperaturas récord. También es una epidemia de bajo perfil. La enfermedad de Lyme no es solo un caso clínico ni una tendencia mediática. Es una advertencia concreta de cómo el cambio climático está alterando los ciclos de vida que conocíamos. Las garrapatas (y otros vectores) no hacen titulares, pero avanzan. Y con ellas, las enfermedades que cargan. Cada nueva picadura confirma lo mismo: el planeta está cambiando más rápido de lo que nos estamos preparando.
