Así decía una pancarta alzada por un aficionado en Estados Unidos, durante uno de los partidos recientes de la Selección Nacional y publicada por La Red. La frase me atravesó. Porque no es solo una consigna futbolera: es una radiografía del país que somos, del que expulsamos, del que se sostiene gracias a quienes se fueron.
Guatemala disputa un partido histórico: una semifinal en la Copa Oro de la Concacaf, enfrentando a Estados Unidos en el Energizer Park de San Luis, Missouri. La última vez que habíamos llegado tan lejos fue hace 29 años.
Hoy venimos de eliminar a Canadá en penales. Y aunque el fútbol suele desmemoriarse entre fracasos y fechas, algunos aún recuerdan que la última vez que le ganamos a Estados Unidos en una eliminatoria fue un viernes santo, rumbo al Mundial de Rusia 2018.
Desde hace años hablo de vez en cuando con mi amigo José Dávila, historiador, periodista y aficionado al futbol. Yo le pregunto, él responde con datos que cruzan política y fut. Esta vez, compartimos la imagen de la pancarta y lancé preguntas sobre migración.
José se entusiasmó. “Esta es la selección con más jugadores que tienen nacionalidad guatemalteca, pero nacieron fuera del país: Rubio Méndez Rubín, Olger Escobar, Arquímides Ordóñez, Aarón Herrera, Matt Evans y Nathaniel Méndez-Laing”, me dice. Todos nacieron en Estados Unidos, menos Méndez-Laing, que nació en Inglaterra. Todos son hijos de migrantes que salieron buscando mejores condiciones de vida.
Me cuenta también sobre Darwin “Show Time” Lom, nacido en Guastatoya pero migrante desde pequeño. En Estados Unidos trabajó en construcción antes de ser convocado. Y me comparte la historia de Olger Escobar, cuyo padre es de Suchitepéquez y madre de Escuintla, fotografiado hace más de quince años en un estadio junto a su mamá, viendo un partido de la Selección y frente a su cuarto recientemente, con la bandera guatemalteca de fondo.
“Muchas voces cuestionaron la incorporación de estos jugadores —me explica José—. Se comentó que no demostrarían identidad ni respeto hacia el país. Sin embargo, en realidad, al haber sido criados culturalmente por padres guatemaltecos migrantes, su sentido de pertenencia resultó ser muy fuerte”.
Cierro los ojos y pienso en todo lo que implica. En un país que empuja a su gente a irse, esos hijos de migrantes ahora devuelven goles, asistencias, victorias. En un país que sigue sin asegurar ni lo mínimo, ellos nos devuelven algo tan intangible como el orgullo.
Antes de despedirnos, José me lanza una pregunta:
“¿Adiviná cuál es el deporte que menos presupuesto estatal recibe en Guatemala?”
Le respondo al azar: “¿Bádminton?”.
“No, Eliane. Es el futbol.”
Me quedo callada. Cuesta creer que el deporte más popular del país, el que une clases sociales, barrios, pueblos, ciudades y migrantes en el extranjero, recibe al final poco presupuesto. El futbol guatemalteco —el de la calle, el de la latita, el que se juega con piedras como porterías— es también el que menos dinero recibe por cabeza, comparado con otros con menos federados. Recibe casi lo mismo que la Federación de Bádminton por mandato constitucional, aunque la diferencia de impacto social sea abismal.
Y sin embargo, ahí están: jugadores que brillaron aquí y luego partieron a Estados Unidos, como Carlos “el Pescado” Ruiz o Luis Swisher. Como ellos, aunque en otras profesiones, miles de migrantes sostienen al país desde fuera con su trabajo. Solo en 2024, las remesas superaron los 21 mil millones de dólares, casi el 20% de nuestro PIB.
Por cada uno de ellos, por quienes se fueron y por quienes nacieron allá pero no olvidan de dónde vienen, ver ganar a Guatemala en suelo estadounidense no sería solo un triunfo deportivo.
Sería un acto de dignidad colectiva en un país que los expulsa. Y, al mismo tiempo, una victoria frente al país que los encierra, los vigila, los deporta.
Porque a veces el futbol no solo se juega en la cancha, sino en la memoria de quienes migraron, en el derecho a pertenecer y en el deseo urgente de que —aunque sea por 90 minutos— podamos sentirnos cerca de la gloria.

