¿Qué hacemos con Asturias?

¿Lo leemos? ¿Lo derribamos? ¿Lo celebramos con acto cívico y lectura obligatoria? ¿O mejor lo dejamos ahí, en su estatua, mientras leemos otras cosas?

Por Liliana Villatoro

Miguel Ángel Asturias fue el primer escritor guatemalteco en ganar el Nobel y eso lo volvió símbolo. Pero los símbolos pesan, y cuando se repiten demasiado, se reducen, se divinizan y aburren. 

A Asturias lo leemos no solo porque queramos, sino porque toca. Porque está en los programas, en los homenajes, en los libros impresos con fondos estatales. Pero, ¿por qué él?

El canon que no se toca

Asturias es la figura totémica de la literatura guatemalteca. El canon en carne y letras. Su prosa, a ratos enérgica y a ratos ampulosa, su selva de metáforas y su manera de contar el poder lo convirtieron en referente inevitable. Pero esa inevitabilidad también tiene un contexto.

Porque si hay algo que define al canon guatemalteco es su selectividad: hombres mestizos, letrados, centralistas, hablándole al país desde el pedestal. Mientras tanto, autoras, poetas indígenas, narradores fuera de la capital o de la academia, quedan al margen. No por falta de obra, sino por falta de espacio. Por filtros racistas, clasistas y editoriales.

Asturias no inventó ese filtro, pero lo encarna.

“El problema del indio”

Para entender a Asturias, hay que empezar por su tesis de licenciatura, pero no reducirse a ella. La tituló: El problema social del indio (1923). 

No del racismo, no de la exclusión, sino del indio. En ese texto, Asturias propone integrar al indígena a la nación, siempre desde una lógica paternalista. Escribe cosas como:

“El indio es un niño grande, y como tal debe ser educado.”

Es la voz del mestizo que cree saber qué es lo mejor para los otros. Y eso nunca cambió del todo.

En Hombres de maíz, Asturias intenta una “reivindicación” de la cosmovisión indígena. Pero lo hace desde el simbolismo, desde el mito. No es una narrativa indígena: es una reescritura mestiza, donde lo maya es paisaje poético.

“Se tragó la tierra el camino de los blancos, y sobre la hierba creció el maíz, que era como el habla del pueblo.”

Es bello. Pero también es exótico. El pueblo no habla: es convertido en símbolo. No hay sujeto, sólo representación. No hay política, solo poesía.

¿Hay literatura correcta? ¿Hay una sola manera de leer?

No se trata de buscar sólo literatura “correcta”. Ni de leer solo a quienes representan agendas impecables o posturas políticamente puras. La crítica no está reñida con el placer de leer clásicos. 

Al contrario: lo que hace falta es leerlos con preguntas, con contexto, con tensión. 

Asturias tiene momentos deslumbrantes, giros brillantes, imágenes que aún sacuden. Pero también tiene vacíos, cegueras, formas de exotizar lo indígena que deben ser nombradas. Leerlo críticamente no es rechazarlo: es resistirse a la lectura devocional. 

No hay una sola manera de leer. Y si la literatura sirve para algo, no es para obedecer, sino para dudar. Para poner a temblar incluso a nuestros referentes.

Entonces, ¿qué hacemos con Asturias?

Lo leemos, pero no lo sacralizamos. Lo disfrutamos, pero no lo dejamos solo. Lo citamos, pero también lo discutimos. Y reconocemos que si bien es el único guatemalteco que ha ganado hasta ahora el Nobel de literatura, no es el único que escribe.

La lectura —como la historia, como el arte— no puede ser un mecanismo de obediencia. No debe convertirse en un instrumento totalitario para imponer la visión de un solo autor, ni para encasillar al pensamiento en códigos binarios: bueno o malo, canon o marginal, genio o traidor.

Eso, en el arte, es limitante. Y en la vida. 

No podemos seguir construyendo héroes ni figuras míticas para tranquilizar nuestras culpas coloniales. Asturias no es el fin de nada. Y tampoco debería ser el comienzo obligatorio de todo.

Hay que aprender a leerlo con dudas, con contradicciones, interpelando de dónde viene y hacia dónde invita. 

Como leemos el país: fragmentado, feroz, múltiple. Con espacio para muchas voces. Porque si hay algo que necesita la literatura guatemalteca, es dejar de parecerse siempre al poder.