Por: Liliana Villatoro
El palacio estaba bañado en luz. Afuera, una fila larga de personas se estiraba hasta la esquina. Celulares en mano, pocos hablaban demasiado. Algunos levantaban la vista al cielo, otros bajaban la cabeza hacia el piso. Esperaban para entrar a ver los salones donde habita el poder. A pocos metros, libres de las vallas que cercaban gran parte de la Plaza Central, pasaba algo que no muchos notaban.
Yo llegué casi a las seis y media. Era 17 de mayo, Día contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género, y la vigilia ya había comenzado. Desde la Catedral se notaban los obstáculos: la plaza estaba dividida, cercada por estructuras metálicas de la municipalidad que forzaban a caminar rodeando, como si el paso libre estuviera prohibido. Había que buscar cómo entrar, tantear por dónde sí se podía. Esa necesidad de bordear el espacio público para llegar a una vigilia que hablaba justamente de eso —del derecho a habitar— era demasiado simbólica como para no notarla.
Cuando por fin llegué, leían el manifiesto. Unas cincuenta personas formaban un círculo compacto frente al homenaje a las niñas del Hogar Seguro. En el centro había flores frescas, velas alineadas sobre el cemento. Al lado, un empapelado con las siluetas de dos hombres besándose. Debajo, el mensaje: “A la comunidad diversa. Nos mata la policía, nos mata el Estado. #FueElEstado #FueLa7315.”

No era solo una consigna. Era un reclamo urgente, un eco directo del crimen que pesa todavía: Eldin Choc y Milton Santamaría, una pareja gay asesinada por agentes de la Policía Nacional Civil en San Andrés Itzapa. Ellos estaban presentes también esa noche.
El círculo se cerraba para escuchar. La voz de Santi salía clara del megáfono, pero aun así había que cuidarla: el grupo entero parecía formado para proteger ese sonido, como si los cuerpos tejieran una barrera contra el ruido de afuera. Sostenían el círculo y también el manifiesto, que se afirmaba en cada palabra leída, en cada flor colocada, en cada cuerpo presente que insistía en resistir.

Así se mantuvo el círculo: firme, silencioso, afectuoso. Como una muralla hecha de confianza. Un espacio donde era posible hablar y escuchar sin miedo.
El viento no dejaba encender las velas. Lo intentaron varias veces, con fósforos y encendedores prestados, con paciencia. Nada. Entonces alguien trajo luces de batería. Si no se podía con fuego, se haría con energía portátil, pero con luz al fin.
A pocos metros, bajo un toldo blanco, un grupo de creyentes predicaba con entusiasmo insistente, como quien está seguro de tener la verdad y no quiere que se le escape a nadie. “¡Dios hizo hombre y mujer!” repetían. “¡Perdónalos, porque por ignorancia no saben lo que hacen!”. No molestaba el sermón, molestaba que necesitaran aplastar cualquier otra voz para que se oyera.
Era difícil no escucharlos. Pero también era evidente que su ruido no lograba atravesar ese círculo de calma. A pesar del volumen, nadie se movía. Nadie se iba. Al contrario: había abrazos, risas breves, miradas cómplices y alguna pareja besándose. Había ternura sin miedo.
Juan Pablo llevaba una chaqueta de mezclilla con flecos en las mangas, teñidos con los colores de la diversidad. A su lado, otrx compa lucía una capa improvisada: una fusión de la bandera trans con la de Guatemala, anudada al cuello como un escudo suave. Y no era para menos: hacer esto, en este país, a veces es casi un acto heroico.
En un momento, le pedí a Juan Pablo que posara para una foto. Le dije que se colocara frente al palacio, para usar ese contraluz. Sabía que la luz era escasa, que la foto no saldría perfecta, pero igual quise intentarlo. Justo cuando estaba a punto de disparar, la persona de la capa se unió sin avisar. No sé su nombre ni su pronombre. Se colocó al lado de Juan Pablo, abrieron los brazos y se abrazaron frente al palacio iluminado. Posaron juntos. La foto no es técnicamente buena, pero la imagen fue perfecta.
En un país donde ser visible puede costarte la vida, este tipo de actos son más que conmemoración: son insistencia.
Entre las frases leídas esa noche, una se quedó rebotando en el aire: “Nos rehusamos a volver a la clandestinidad. Ni calladas, ni discretas, ni disimuladas. Así, locas, obvias e inventadas merecemos vivir sin miedo, en las calles, casas y territorios.”
Y eso fue lo que pasó ahí: no hubo miedo.
Hubo exigencia, sí. Pero también comunidad. Esa clase de comunidad que se forma cuando sabés que, a pesar del ruido, la valla o el viento, alguien va a estar ahí para ayudarte a encender la luz.

