¿Y después de Francisco, qué? Lo que está en juego para las mujeres, la tierra y la diversidad en la Iglesia

Por Teresa Gonón y Liliana Villatoro

El papa Francisco no cambió la doctrina católica, pero sí incomodó muchas estructuras. En un mundo donde las instituciones resisten al cambio, su paso por el Vaticano abrió pequeñas grietas en muros seculares: nombró mujeres en cargos clave, se acercó a las comunidades LGTBIQ+ sin condenarlas y habló del medioambiente como parte importante de la misión evangelizadora.

Lo que hizo no fue poca cosa. Nombró, por ejemplo, a la teóloga argentina Emilce Cuda como secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina, la primera mujer en ocupar ese rol. También permitió que las mujeres tuvieran voz y voto en el Sínodo de los Obispos, un órgano que asesora al Papa en asuntos de la Iglesia y que, por siglos, fue reservado exclusivamente a varones.

Dentro de los muros vaticanos, donde las decisiones siempre fueron tomadas por hombres, esos gestos fueron revolucionarios.

Desde la espiritualidad católica latinoamericana —marcada por la teología de la liberación—, Francisco se distanció del lujo clerical y habló de “la casa común” en su encíclica Laudato Si’, una carta abierta sobre el cuidado del planeta, con crítica directa al sistema económico que genera desigualdad y destruye territorios. Su asesor para ese texto fue el teólogo brasileño Leonardo Boff, sancionado en décadas pasadas por la misma Iglesia que ahora volvía a escucharlo.

Y aunque nunca aprobó formalmente el matrimonio igualitario, tampoco lo condenó, lo cual —en el contexto de la jerarquía católica— ya fue un giro. Su enfoque pastoral buscó integrar, no expulsar. Ese matiz, que para muchos es tibio, para sectores conservadores fue una provocación.

León XIV y el nuevo escenario

El 8 de mayo de 2025, la Iglesia eligió a su nuevo líder: Robert Francis Prevost, ahora conocido como León XIV. Nacido en Chicago y naturalizado peruano, fue misionero en América Latina y obispo en Chiclayo. Su elección es histórica: es el primer papa estadounidense y el segundo del continente americano. Y aunque su perfil es moderado, su pontificado arranca bajo la sombra de una pregunta urgente: ¿continuará lo que Francisco apenas empezó?

En su primer mensaje como papa, habló de justicia, inclusión y diálogo, y recordó con afecto a su diócesis peruana. Todo suena a continuidad. Pero decir no es lo mismo que hacer. Y las tensiones dentro de la Iglesia no se han ido: siguen ahí, organizadas, presionando para recuperar privilegios perdidos.

Además, su historial despierta preocupaciones serias. Durante su tiempo como obispo en Perú, León XIV fue señalado por encubrir a sacerdotes acusados de abuso sexual, casos que nunca se investigaron a fondo. Estas acusaciones, aunque no judicializadas, generan dudas sobre su compromiso con la transparencia y la justicia dentro de la Iglesia.

También causó controversia por sus declaraciones en las que calificó a la «ideología de género» como una forma de etiquetar identidades de forma “confusa y peligrosa”, reforzando discursos que históricamente han servido para deslegitimar luchas por los derechos sexuales y reproductivos.

Los sectores conservadores han insistido durante años en frenar o revertir los avances de Francisco. El nuevo papa hereda esa presión. Su papel será clave para definir si la Iglesia da un paso adelante, se queda inmóvil o gira hacia atrás.

El riesgo del retroceso

Porque sí, hay mucho en juego. Y no solo en los pasillos del Vaticano. Si el liderazgo de las mujeres en la Iglesia vuelve a ser simbólico; si las personas LGTBIQ+ son nuevamente condenadas o expulsadas; si la justicia ambiental pierde peso en la agenda eclesial, no se tratará solo de decisiones religiosas, sino de retrocesos políticos, éticos y sociales.

Durante el pontificado de Francisco, hubo avances concretos: mujeres con poder real en espacios clave, aperturas tímidas pero significativas a la diversidad sexual, una visión crítica del capitalismo desde una ética cristiana. Nada de eso fue absoluto. Todo está en disputa.

¿Por qué debería importarnos?

Porque la Iglesia católica sigue teniendo peso en la vida pública de muchos países. Porque miles de mujeres formadas, comprometidas y capaces siguen esperando que su liderazgo no sea solo de servicio, sino también de decisión. Porque la dignidad de las personas LGTBIQ+ no debería depender del gesto de un pontífice. Y porque el planeta no puede esperar a que el Vaticano se decida a defenderlo con firmeza.

Lo que está en disputa no es solo quién lleva la sotana blanca, sino si la Iglesia seguirá caminando —aunque con pasos tímidos— hacia la inclusión, o si clausurará lo poco que se ha logrado.

El legado de Francisco está hecho de aperturas cuidadosas, nombramientos valientes y silencios estratégicos. León XIV puede continuar sobre esa estrecha brecha. O cerrarla.