La sociedad del desperdicio

El mejor desecho no es el reciclable, es el que no producimos

Por:Vivian Hurtado

“La sociedad del desperdicio: Crecimiento y exceso en la era de la globalización” por Manuel Toharia (2014) fue una de mis primeras lecturas sobre los problemas medioambientales a los que nos enfrentamos actualmente.

El título me impactó, en especial porque recientemente había visto el documental “The True Cost”, que expone el verdadero costo de la moda rápida y muestra cómo su producción masiva genera graves daños al medio ambiente al contaminar ríos, suelos y el aire. Además, señala los efectos negativos en la salud de los trabajadores y las condiciones laborales poco éticas que predominan en esta industria. Bajo este contexto, inicié la lectura con gran interés y preocupación por el impacto a nivel social y ambiental de las grandes industrias.

El momento más consumista del año

Es enero del 2025 y recién finalizan las fiestas de fin de año. Aunque la Navidad y el Año Nuevo son fechas esperadas con mucha ilusión para millones de personas en el mundo, también representan la temporada más consumista de nuestra sociedad. Compramos, regalamos, comemos, festejamos en grande y también desechamos en la misma medida. Es difícil proponer soluciones porque hoy en día, indudablemente, gozamos de comodidades y beneficios a los que difícilmente renunciaremos por completo. Por supuesto que nadie desea regresar a los estilos de vida de la Edad Media ni mucho menos  a la Edad de Piedra, pero ¿acaso eso justifica adoptar una actitud derrochadora e inconsciente que nos está encaminando a la destrucción de nuestra casa común? Por eso, esta lectura ha vuelto a resonar en mi mente, invitándome a reflexionar.

El libro inicia llevándonos por un viaje desde la revolución industrial hasta inicios del siglo XXI, exponiendo el nivel de desarrollo alcanzado por la civilización. A medida que esta se desarrolla, nuestra esperanza y calidad de vida incrementa. Aunque, por supuesto que, no todos experimentamos este progreso de la misma manera, ni consumimos de forma equitativa. 

Cada año se calcula el Día del sobregiro de la Tierra, que marca la fecha en que estaríamos excediendo la biocapacidad anual de la Tierra –es decir, la cantidad de recursos ecológicos que el planeta es capaz de generar en el año– si toda la humanidad consumiera a la misma velocidad que las personas de un país. El sobregiro de la Tierra en el 2025 empezaría el 6 de febrero si todos consumiéramos igual que en Qatar o iniciaría hasta el 17 de diciembre si todos consumiéramos como en Uruguay. Por otro lado, también existe El día de Déficit que indica cuándo un país comienza a consumir más recursos de los que sus ecosistemas pueden producir o renovar en un año. Este 2025, Singapur es el primero en alcanzar este déficit, el 3 de enero, mientras que Lituania lo hará el 28 de noviembre.

Desperdicio de alimentos

Toharia menciona un informe de la FAO (2012), “Pérdidas y desperdicio de alimentos en el mundo: alcance, causas y prevención”, que destaca cómo más de un tercio de los alimentos destinados al consumo humano se pierden o desperdician, lo que equivale a 1,200 millones de toneladas al año. Afortunadamente esta cifra ha disminuido, aunque ligeramente, 10 años después. 

Según el informe de PNUMA  “Índice de desperdicio de alimentos” (2024), en el 2022 se desperdiciaron en todo el mundo 1.050 millones de toneladas de alimentos en los sectores minorista, alimentario y hogares. Esto equivale a 132 kilogramos per cápita al año, de los cuales 79 kilogramos se desperdiciaron en los hogares, es decir el 60% de lo que una persona desperdició, lo hizo en su hogar.  El desperdicio de alimentos es un problema predominante en las zonas urbanas, pero también se registran las cifras más altas en los dos países con poblaciones de más de mil millones de personas. China desperdicia aproximadamente 108,7 millones de toneladas de alimentos al año, India 78,1 millones de toneladas. Mientras que Estados Unidos desecha 24,7 millones de toneladas de desperdicio de alimentos anualmente y en Francia y Alemania producen entre 3,9 y 6,5 millones de toneladas al año (Fleck, 2024).

En contraste, 783 millones de personas se vieron afectadas por el hambre y un tercio de la humanidad se enfrentó a la inseguridad alimentaria. Al comparar las cantidades de desperdicio de alimentos y las personas que padecieron hambre en el 2022, surge la interrogante: ¿acaso no hay suficiente comida para abastecer a la humanidad? Si la hay, simplemente está mal distribuida. 

Desperdicio de agua

Aunque el 70% del planeta está cubierto de agua, solo el 2% es dulce, y apenas el 0.25% es apto para el consumo humano. A pesar de esta cifra limitada, hay suficiente agua para cubrir nuestras necesidades si se gestiona correctamente.


La OMS estima que 50 litros diarios por persona son adecuados para consumo humano. Sin embargo, el consumo medio global asciende a 75 litros por habitante al día, excluyendo actividades agrícolas, industriales y de conservación.

Residuos del desarrollo

Los procesos industriales también generan grandes cantidades de residuos altamente contaminantes para el ambiente y perjudiciales para la salud humana.  Al hablar de la contaminación atmosférica, esta suele concentrarse en ciudades de países en desarrollo, muchas veces, incluso, en ciudades poco  visibilizadas, pero que sostienen las grandes industrias, como por ejemplo:  la del carbón en Linfen, China; los pesticidas en Kasargod, India y la extracción de plomo en La Oroya, Perú. En estos lugares la contaminación del aire puede alcanzar concentraciones muy peligrosas.

Tahoma señala que en el 2013 la OMS informó que más de 7 millones de personas murieron debido a la mala calidad del aire, declarando la contaminación atmosférica como el mayor riesgo ambiental en ese entonces. El libro también menciona que en China e India las tres cuartas partes de las muertes suelen atribuirse al aire contaminado, al contrario de Europa, donde se reportan alrededor de 250,000 anuales por la misma causa.

Además, muchos residuos industriales terminan contaminando ríos y océanos. Un caso emblemático en Guatemala es el ecocidio en el río La Pasión. La industria de la palma africana en Guatemala ha generado graves impactos ambientales, sociales y económicos, especialmente en el municipio de Sayaxché, Petén. En 2015, el río La Pasión sufrió un ecocidio causado por el derrame de grandes cantidades de residuos obtenidos de la extracción de aceite de palma. Estas sustancias y aceites formaron una capa en la superficie del río que agotó la disponibilidad de oxígeno y  provocó la muerte de entre 40 y 70 toneladas de peces, además de afectar directamente a las comunidades aledañas, que dependían del río para su subsistencia. Algunas fuentes aseguran que la contaminación alcanzó más de 100 kilómetros del caudal. A pesar de las denuncias e investigaciones este crimen ambiental ha permanecido impune. Mientras tanto, el aceite de palma es utilizado para la elaboración de una amplia variedad de productos alimentarios, cosméticos e incluso farmacéuticos, que nuestra sociedad continuará demandando.

El sistema cerrado de la Tierra

Cuando arrojamos un desecho al basurero y posteriormente es recogido por el camión de basura de nuestra ciudad, caemos en la ilusión de que ese desecho desaparecerá mágicamente y no solo creemos que se ha esfumado porque ya no lo vemos, sino que también estamos seguros de que podremos volver a adquirir una nueva versión del objeto que hemos desechado. Sin embargo, la Tierra funciona dentro de un sistema cerrado, en donde la vida y la renovación de los recursos solamente es posible mediante un reciclaje permanente de la materia básica que la compone. La gestión de los supuestamente residuos desechables nos cuesta un enorme sobreesfuerzo a nivel técnico y monetario porque debemos de averiguar cómo tratarlos, ocultarlos, o en el mejor de los casos, reciclarlo, y tratar de imitar a este sistema cerrado que gobierna las leyes naturales de nuestro planeta. Por otro lado, en muchas áreas rurales ni siquiera existen sistemas de recolección de desechos, por lo que las personas optan por dos opciones: quemar la basura, lo cual no solo tiene implicaciones para la salud de las personas que lo realizan, sino también sobre la calidad del aire que esa misma población respira; la otra opción es simplemente botarla donde sea, lo cual hace más evidente el problema y contamina más ampliamente los ríos y los suelos de los ecosistemas. Es cuando vemos la basura en estos escenarios, que nos damos cuenta que no hay residuo alguno –creado por el ser humano– que sea desechable en sentido absoluto, a diferencia de los residuos de una fruta o las hojas de los árboles que caen al suelo y ayudan a crear capas nuevas.

¿Por qué producimos tanto? Y sobre todo, ¿por qué consumimos tanto? 

Nos estamos ahogando en nuestro consumo hasta el punto de agotar los recursos que garantizan nuestra supervivencia. ¿De dónde surge la urgencia de acaparar más allá de nuestras necesidades reales hasta convertirnos en la sociedad del desperdicio? Son algunas de las preguntas que resuenan en mi mente. Al mismo tiempo trato de imaginarme las soluciones que podemos proponer ante esta problemática. Este fin de año no pude evitar sentirme abrumada por los mares de ropa en los centros comerciales y en las tiendas de segunda mano. A veces creo que existen más prendas que humanos en el mundo; nubes de contaminación en el cielo al llegar la medianoche de la navidad y el año nuevo a cambio de la pirotécnia fugaz que se ha creado como sinónimo de celebración; toneladas de comida desperdiciada; y cantidades vergonzosas de basura en las playas y en las calles al terminar las fiestas. 

Autoría: Vivian Hurtado
Edición: Liliana Villatoro
Fotografía: Pexels