Plantas medicinales: espiritualidad y conservación en territorio garífuna

Juan Carlos Sánchez Álvarez es mensajero de los ancestros y un músico reconocido de Paranda. Aprendió de su abuela a entender la naturaleza como parte de sí mismo y de su abuelo, el uso de las plantas medicinales. Vive en Livingston, Izabal, en un espacio donde conserva especies medicinales y convive con la naturaleza de acuerdo a la cosmovisión garífuna.

Por: Liliana Villatoro y Eliane Hauri

Esta entrevista se realizó como parte del Curso de Periodismo Climático promovido por el programa de Desarrollo Rural y Adaptación al Cambio Climático – ADAPTATE de la Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ) en Guatemala.

«Yo sé que da miedo, pero ahí son bienvenidas porque en otros lugares está cortado, no hay donde tener su sombra. Las iguanas, dos tres iguanas, están ahí siempre, (también) las lagartijas y ahí se acobijan los animales conmigo, en ese pequeño espacio, como muestra de que la naturaleza también merece ser respetada como uno mismo», dice Juan Carlos en las afueras del Centro Cultural Garífuna, en Livingston. Es noviembre de 2023 y dos días después nos enseñará su casa, ese pequeño espacio que ha construido en adobe con sus propias manos y que está rodeado de vegetación del que dice le gustaría hacer un santuario.

El terreno que rodea la casa de Juan Carlos, parece una pequeña jungla a la que antecede un riachuelo que corre tímidamente en medio del monte. No es época de lluvia y la corriente es débil. En algún momento los vecinos quisieron reencauzar el caudal. Juan Carlos dice que se opuso, pues, aunque se reducirían los costos para hacer un puente, no quiere hacerle daño a la naturaleza. «Por ahorita aquí se puede vivir en lo natural», dice Juan Carlos y piensa que mover el río no es imprescindible pues manteniéndose en su lugar solo torna más lodoso el camino y son pocas las personas que transitan por ahí.

El agua es escasa en verano y el hogar de Juan Carlos no cuenta con agua entubada como el 23.5% de de los hogares de Livingston según el portal Guate en Datos. Antes, cuenta Juan Carlos, que se veían vecinos pescar en las pequeñas pozas que había en el trayecto. Ahora no se pesca más. Juan Carlos usa agua de río solo a veces. En invierno, recolecta el agua de lluvia que cae desde el techo de su casa, directo a un tonel. En verano ya no es suficiente y debe recoger agua del río que luego clora y deja reposar por un día. Para beber compra agua purificada

Juan Carlos Sánchez Álvarez es garífuna,mensajero de los ancestros y músico internacional. Preserva plantas medicinales en Livingston, Izabal. Fotografía: Liliana Villatoro

«Es algo muy alarmante el agua pues, los riachuelos, por ejemplo, en tiempos de verano (era) cuando las personas se van a lavar a los ríos. Igualmente, a tomarse un baño. Ahora no, porque ya todo está contaminado»

«Para lavar mi ropa, lo llevo ahí arriba o lo lavo aquí (en el río). Ahora si saco agua, tengo que esperar que esté lloviendo. Como ahora, yo puedo sacar agua, echarle cloro y usarlo tal vez el siguiente día, ya con suficiente cloro para matar todo ese germen que vienen de jabón y las heces de la gente»

Juan Carlos tiene 57 años y recuerda que cuando era niño, en temporada de verano, no se hacían tantas colas para sacar agua de un pozo artesanal. Dice que ahora hay pocos, se han ido secando. Y no son los únicos cambios que nota.

«Hay unos insectos que se podían escuchar en algunas temporadas, que anunciaban un cambio en el clima y que ya no se escuchan. Hay uno que le llamamos Diru. No sé cómo se llama en español, pero es un pequeño insecto que hace mucho ruido en la montaña y muestra que ya viene el sol más fuerte. (Ahora) casi no lo escuchamos».

Juan Carlos nota cambios también en las Chaguali, unas hormigas grandes que caminan en línea cuando empiezan las lluvias.

«Ahora es muy raro verlo, es la muestra de que el cambio ya existe, ya no son marcados los tiempos de lluvia, los tiempos de sol. Es algo que da a entender que algo anda mal, árboles talados, ríos que se están utilizando como drenaje o como depósito de desechos y pescados que ya no vemos en los riachuelos, todo eso es señal de que hay un cambio en el medio ambiente».

Y es que para Juan Carlos relacionarse con la naturaleza no es algo ajeno. Lo aprendió de su abuela, para quien no era simple el hecho de labrar o preparar la tierra: «mi abuela, que era la que dirigía el evento, con sus hermanos y hermanas para sembrar, (para) ellos la naturaleza eran ellos mismos»

«La abuela, aunque no sabía leer ni escribir, conocía esas cosas entonces, ir a sembrar arroz, maíz, yuca, sembrar malanga y pues tubérculos. Para la abuela era estar siendo parte de la naturaleza y por ende tenía que cuidar no solamente lo que tenía sembrado en su parcela, sino cuidar también donde ella vive y que todo esté bien. O sea, para que la naturaleza también estuviera contenta con ella. Eso fue lo que yo (aprendí)».

Pero Juan Carlos tuvo también otro acercamiento a la naturaleza a través de las plantas medicinales. Su abuelo le enseñó a conocerlas y a usarlas para ayudar a sanar a otros. Y en su pequeño espacio, como él le llama, las conserva.

Un estudio de etnociencia titulado Estudio etnobotánico de plantas medicinales e importancia de conservar las especies silvestres del cantón Chilla, Ecuador, apunta que las plantas silvestres juegan un rol importante por ser resilientes al cambio climático. El estudio afirma, además, que las plantas medicinales son resilientes al cambio climático en menor medida si son asociadas a otros cultivos agrícolas.

Las plantas medicinales de Juan Carlos Sánchez no se encuentran en un huerto cultivado, sino que son parte integrante de un bosque. Son plantas silvestres.

En el estudio citado, se expone que se ha buscado identificar el uso medicinal de las plantas silvestres para indagar en los conocimientos ancestrales de acuerdo con su origen. Efectivamente, el estudio vislumbra las respuestas con un enfoque para la conservación de la diversidad genética y la protección de los ecosistemas.

Saberes como el que Juan Carlos heredó, constituyen según la Unesco, el núcleo central de la cultura e identidad de una comunidad. Y según esta misma institución, a pesar de la importancia que revisten, el cambio climático puede poner en peligro la herboristería «a medida que las materias primas y las especies vegetales van desapareciendo» y también por la adopción, obligada o no, de nuevos modelos económicos y sociales.

La investigadora Carolina Isaza, de la Universidad de la Nueva Granada, Colombia apunta que el estudio etnobotánico informa de los cambios climáticos. «La hace una cajita de herramientas para abordar el estudio del conocimiento sobre fenómenos naturales».

En la cosmovisión garífuna, las plantas medicinales pueden usarse también para preparar baños. Fotografía: Liliana Villatoro
Un detalle del río que corre por el terreno de Juan Carlos Sánchez, del que no se ha permitido el reencauce para mantener su naturaleza. El caudal ha ido disminuyendo con el tiempo. Fotografía: Liliana Villatoro

Isaza define la etnobotánica como la «disciplina que estudia las relaciones de los humanos con las plantas desde un contexto cultural. Por ejemplo, ciertas plantas pueden influir en la construcción de una cosmogonía de una forma de ver la vida de cada pueblo, pero no sólo eso, sino también puede ir hasta el uso utilitario y cotidiano que le damos las plantas en nuestra sociedad» y precisa que la etnobotánica se debe de estudiar desde una perspectiva del respeto y del reconocimiento que tienen los pueblos guardianes de plantas y de sus saberes.

Las plantas medicinales son resilientes al cambio climático en menor medida si son asociadas a otros cultivos agrícolas. Las plantas medicinales de Juan Carlos Sánchez no se encuentran en un huerto cultivado, sino que son parte integrante de un bosque. Son plantas silvestres. Fotografía: Liliana Villatoro

Se trata de estudiar cómo a partir de diferentes sistemas de conocimiento, grupos humanos arman, predicen y entienden el clima en lugares donde viven. Estos pueblos cuentan además, con un conocimiento profundo del clima y desarrollan conocimientos, creencias y prácticas que les permiten adaptarse a condiciones climáticas específicas. Son percepciones locales del clima, estrategias de supervivencia y otras formas de adaptación cultural.

Según la científica, se entiende las respuestas al cambio climático partiendo desde la percepción que los pueblos tienen del clima y desde esa construcción que los pueblos comparten.

Juan Carlos resguarda los saberes de sus ancestros garífunas, el conocimiento de las variedades de plantas y sus propiedades para sanar a través de baños. Sabe ubicar las variedades de plantas, según sus propiedades, en la montaña y preserva algunas en su propio espacio. Y es que los pueblos originarios, como en este caso el pueblo garífuna, han sabido guardar su entorno, según el informe de la FAO Los Pueblos indígenas y tribales y la gobernanza de los bosques, citado en este artículo de Mongabay.

Diez años duró la preparación teórica y práctica de Juan Carlos respecto a las plantas medicinales, de la mano de su abuelo en Livingston, Izabal. Fotografía: Liliana Villatoro

Según ese estudio, los territorios indígenas y tribales de América Latina contienen alrededor de un tercio de los bosques del continente, lo que equivale al 14% del carbono almacenado en los bosques tropicales de todo el mundo. Por eso es que la labor de Juan Carlos resguarda de manera multidimensional, no solo parte de la cosmovisión garífuna sino también parte de la biodiversidad del territorio.

«Yo respeto mucho todo lo que tiene que ver con plantas, árboles, agua, animales y vivo en un área donde yo, cortar un arbolito, es difícil», asegura Juan Carlos. Y se refiere a la dificultad en cuanto que no es una decisión que tomaría a la ligera, porque incluso el cuidado y respeto se aplica al recolectar las especies medicinales.

Juan Carlos se apoya en un bastón tallado en madera, durante el recorrido por su espacio. Fotografía: Liliana Villatoro

«Cuando se busca medicina hay que tratar de usar (lo necesario) y no hacer un mayor daño y siempre si vas a cortar algo, tienes que ver dónde cortar, qué partes»

Juan Carlos se apoya en un bastón que tiene tallado un rostro, mientras camina por el que llama su espacio. Dice que es su propio bastón, guarda también los de sus ancestros. Camina y mientras tanto habla como preguntándole a las plantas dónde están. Nos muestra la diferencia de olores y sabores entre especies secas y frescas. Señala algunas variedades que sirven para tratar la tristeza, otras que ayudan para el insomnio. Recuerda que, durante la pandemia, el pueblo garífuna usó plantas medicinales para afrontar el Covid-19. Él mismo lo hizo.

De la misma manera, en Honduras, el pueblo garífuna se apoyó en estos conocimientos durante la pandemia, tal y como cita este artículo de la revista Pikara Magazine, gracias a la herencia de un «enorme bagaje etnobotánico y a su experiencia organizativa». Y es que la forma de vida, tal y como recuerda ese mismo texto, propone otra cosmovisión: «nuestra forma de vida y organización está basada en la protección de todos los seres, en la soberanía alimentaria sin poner en riesgo el equilibrio y derechos de la naturaleza, y en el reconocimiento de los saberes ancestrales».

Y son estas experiencias, individuales y colectivas, como la de Juan Carlos Sánchez Álvarez en territorio garífuna, las que permiten una alternativa de salvaguarda, que tiene relación con la identidad, la cosmovisión y cultura, pero también con el acceso y conservación de la tierra.