Por Eliane Hauri y Liliana Villatoro
Este artículo se realizó como parte del Curso de Periodismo Climático promovido por el programa de Desarrollo Rural y Adaptación al Cambio Climático – ADAPTATE de la Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ) en Guatemala.
«Eso es lo que estamos haciendo ahorita, hasta que haya humedad le estamos buscando idea» dice Rosalía López mientras explica las formas en que la agricultura de conservación le permiten sostener sus cultivos en un territorio que se ha distinguido por sus condiciones adversas.
Según Famine Early Warning Systems Network, (FEWS NET por sus siglas en inglés), Guatemala en cuanto a seguridad alimentaria está en situación de «estrés».
Esta plataforma produce información que alerta de forma temprana sobre inseguridad alimentaria para la toma de decisiones a nivel internacional. En uno de sus mapas se puede observar la clasificación por país y a escala mundial:


«Pero no solo la situación general del país es preocupante. Según FEWS NET, existen territorios en Guatemala con seguridad alimentaria en situación más grave que únicamente «estrés». Algunos lugares situados en el oriente del país, como el departamento de Chiquimula, se encuentran en «situación de crisis» (en color anaranjado en el mapa).
Este territorio, es parte del denominado «corredor seco» que se puede observar en este mapa del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (MAGA) de Guatemala:

Rosalía López es agricultora y vive en la Aldea Tesoro Abajo, en Jocotán, Departamento de Chiquimula. La vulnerabilidad que los textos citan, López la experimenta día con día, mientras sostiene sus cultivos con prácticas aprendidas de sus ancestros, pero también con prácticas nuevas que pueden mejorar sus resultados.
Chiquimula se encuentra al sureste de Guatemala, en la demarcación política trinacional Trifinio, y forma parte del corredor seco centroamericano, como lo explica este artículo. El territorio es predominantemente agrícola y presenta un clima correspondiente a bosque húmedo subtropical y de bosque seco subtropical con estación lluviosa de mayo a octubre, con temperaturas medias en torno a 24,5 °C y precipitación de 1100 mm.
Pero los cambios en el clima se van haciendo notorios y haciendo vulnerable al territorio. Esto se traduce en efectos y consecuencias para la población que allí habita. La vulnerabilidad es alta, respecto a variabilidad y cambio climático, según el Atlas de vulnerabilidad al cambio climático para el departamento de Chiquimula, publicado por el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN) junto con Rainforest Alliance.
López lo ve reflejado en sus cosechas: «donde yo me sentí más bien afectada es este año que se va a terminar porque no saqué ni maíz ni frijol», dice y agrega que todos en la comunidad lo sintieron, las cosechas disminuyeron.
No ha sido un problema reciente. Según este informe de UNICEF, Guatemala fue el duodécimo país más afectado por el cambio climático en el mundo, entre 1991 y 2010.
Los factores que afectan el país son variados, como su ubicación geográfica entre océanos y continentes y el nivel significativo de degradación de sus recursos naturales; pero sobre todo, el país es vulnerable por las condiciones socioeconómicas de su población.
UNICEF en 2010 apuntaba que Guatemala es uno de los diez países ambientalmente más vulnerables al cambio climático a nivel mundial, con más de 80% del PIB producido en zonas de riesgo a desastres y que un alto porcentaje de su población está en riesgo climático directo.

Proteger el suelo, cambiar prácticas convencionales
Andrés Búcaro es ingeniero agrónomo y parte de la asociación Catholic Relief Services (CRS), que ha trabajado, junto con Cáritas de la Diócesis de Zacapa y Chiquimula, prácticas ASA (agua y suelo para la agricultura) en el Corredor Seco.
«ASA propone cambiar las prácticas convencionales de la agricultura en laderas que dejan el suelo desnudo. Estas prácticas, como cultivos de cobertura, protegen el suelo de la erosión durante las fuertes lluvias mientras capturan agua, incluso durante intervalos de sequía. Con este enfoque, los agricultores pueden alcanzar rendimientos raramente vistos en la agricultura de pequeña escala», explica Búcaro.
Y este es el caso de Rosalía López, quien además de los conocimientos que heredó de sus ancestros, ha recibido asistencia técnica en cuanto a prácticas relacionadas con agricultura de conservación. Es decir, cobertura permanente del suelo, rotación de cultivos, disminución de la labranza, (la perturbación mínima del suelo) y también, manejo integrado de la fertilidad del suelo. Eso fue promovido desde el año 2016 por el programa ASA.
«Lo promovimos desde 2016 en un programa que se llama Agua y Suelos para la Agricultura. Catholic Relief Service (CRS) es el que desarrolló este programa.
La idea es construir un enfoque de Agricultura Climáticamente Inteligente», cuenta Búcaro.
Durante el programa, hubo diferentes procesos de capacitación y una parcela de evaluación experimental, que justamente fue la de López. «La señora es súper pilas, porque nosotros nos imaginamos una cosa y ella lo adecuaba con sus conocimientos y con sus propias estrategias. Y sí, adoptó algunas prácticas que le han servido», añade Búcaro.
Y es que estas prácticas se vinculan directamente con la preocupación de Rosalía por sus cosechas de granos básicos. Como ella, en Chiquimula, muchas personas se dedican solamente a ello. Este artículo lo compara con el territorio de Acatenango, donde 89% de los productores se dedican al cultivo del maíz y 73% al cultivo de frijol y que además enfrentan problemas semejantes, especialmente los causados por plagas.
En cuanto a percepción, en la década del 2004 al 2014, 88 % de las personas encuestadas de Chiquimula reportaron cambios en temperatura y el 96 % cambios en las lluvias.
El Atlas de vulnerabilidad en la parte donde se refiere específicamente al territorio de Chiquimula concluye que frente a esta situación es imperante que se consoliden procesos de adaptación de la población y su medios de vida frente a los peligros climáticos.

«Estamos luchando por la vida»
Parcelas como la de Rosalía López proveen a las familias de productos para su propio consumo. Si la cosecha es buena, podrán además vender el excedente y comprar otros productos que en su propio terreno no se producen, como tomate, cebolla y papa. Incluso insumos que no se producen cerca, como arroz, azúcar y jabón. De otra manera, la familia debe organizarse para trabajar fuera y hacer algo de dinero. Según López, en una jornada diaria, sus familiares pueden ganar entre 50 y 60 quetzales.
«Mi hijo sale a ganar también a los cafetales», cuenta Rosalía refiriéndose a su nieto, que ha criado como hijo propio y que ahora apoya la economía familiar.
«Están pagando bien, dicen, pero la verdad que no está bien porque está caro todo. Están dando el día, está ganando el peón a 50 y a 60 en donde pagan más.
Tienen que quedarse, les dan unas champas. Para dormir, al suelo. Les dan comida, aunque sea frijol machacado»
«Se van unos 15 días y allí vuelven a casita otra vez», cuenta López, quien antes también trabajaba fuera de su parcela. Ahora se dedica a ella y su familia participa en los trabajos y apoya también con el dinero que ganan fuera.

De su padre aprendió a trabajar el campo, dice López y reconoce que tiene muchas ideas para echar a andar en su terreno. Las mejores que ha implementado, dice, son «porque uno es inteligente». Y parte de esas prácticas exitosas para enfrentar la sequía, tienen que ver con el cuidado del suelo.
«Aquí en la parcela, lo que nosotros hacemos en familia es hacer barreras vivas y barreras muertas. También sembramos la canavalia».
La canavalia se utiliza comúnmente como un cultivo de cobertura o abono verde, porque tiene la capacidad de aumentar los niveles de materia orgánica en el suelo. En condiciones favorables, puede producir hasta 35 toneladas de materia verde por hectárea. Además, su crecimiento denso impide el paso de la luz, lo que limita el desarrollo de malezas y reduce la erosión del suelo, especialmente en laderas.
«Cuando está la canavalia grande, la podamos para que quede la mantilla tirada al suelo. Entonces ahí se pudre y cuando ponemos por lo menos una mata de maíz o mata de frijol hay humedad», explica López, refiriéndose a la barrera viva: hace con las mismas matas una cobertura de suelo y ésta sirve para guardar humedad. Es una práctica muy útil en este territorio donde la canícula prolongada causada por el cambio climático tiene el efecto de sequía.

La agricultora también tiene experiencia implementando barreras muertas: «también hacemos cimientos de piedra, así cuando viene la lluvia allí detiene la corriente, entonces cuando uno pone la mata de maíz o frijol o cualquier planta, ahí ya tiene la planta su defensa y crece mejor».
Otra de las prácticas aprendida de ASA que López ahora realiza de manera cotidiana es evitar la quema de residuos: «ya no quemamos «la basura», o sea la caña de maíz, luego de cosechar el maíz, ya no la quemamos, sino que la dejamos en el suelo».
Esa hojarasca, según explica López, se pudre cuando viene la lluvia de mayo y deja el suelo protegido para sembrar maíz en mayo y luego frijol. Asegura pues la cobertura del suelo y lo protege.
Este concepto según la FAO es fundamental para la agricultura de conservación ya que mejora la estabilidad del sistema «no solo por el mejoramiento de las propiedades del suelo, sino también por su capacidad para favorecer una mayor biodiversidad en el ecosistema agrícola».
Búcaro apunta que la costumbre de tener un suelo «limpio», es decir sin otras plantas que no sean las cultivadas, o sin plantas usadas como abono, se consolidó con la idea de la plantación. Ese paradigma, en buena medida se adjudicó a la «revolución verde», un movimiento que surgió en 1940 para satisfacer la demanda de alimentos a través del aumento de la productividad; lo que logró, pero provocó daños medioambientales, sociales y económicos para los campesinos. Se perdió biodiversidad privilegiando el monocultivo para vender, en lugar del policultivo para comer.
Según la FAO «la trayectoria actual del crecimiento de la producción y de la productividad del agro es insostenible. La producción de alimentos en tierra (…) suscita graves repercusiones negativas en los ecosistemas de la Tierra. Al mismo tiempo, las zonas rurales siguen albergando a la mayor parte de las poblaciones pobres y vulnerables del mundo, que dependen fuertemente del “capital natural” para su subsistencia y carecen de acceso seguro a esos recursos».
A diferencia de las grandes plantaciones que utilizan soluciones rápidas y homogéneas, los cultivos de López se enfocan en sostener la tierra no solo para la cosecha del momento, sino a futuro.
«Los proyectos se van, los proyectos no van a vivir junto con uno», dice Rosalía y explica que aunque las ideas que vengan de fuera parezcan novedosas, ella analiza cuáles implementar y cuáles no. Esto, junto a las experiencias aprendidas de sus antepasados y a sus propias vivencias como agricultora, le permiten implementar estas prácticas de conservación en las que encuentra una forma de adaptarse a las condiciones del Corredor Seco.

