Por: Eliane Hauri y Liliana Villatoro
Este artículo se realizó como parte del Curso de Periodismo Climático promovido por el programa de Desarrollo Rural y Adaptación al Cambio Climático – ADAPTATE de la Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ) en Guatemala.
Es un día soleado a finales de noviembre de 2023 en San Juan Argueta, en la parte alta del departamento de Sololá, Guatemala. En el centro de un jardín está colocado un toldo, así como un arco decorado con flores amarillas. Los hermanos del grupo de marimba maya Kamel de Xesampual tocan. Detrás se lee en una pancarta: «¿Cómo accionar ante los efectos del cambio climático desde nuestras comunidades en colectivo?»
San Juan Argueta pertenece al departamento de Sololá. Según el Atlas de Vulnerabilidad al Cambio Climático y el mapa desarrollado por el Fondo Verde del Clima, esta zona se encuentra en una región de vulnerabilidad moderada, pero con amenaza de sequía alta para el año 2040.
El evento es convocado por los colectivos Awän y Chinimital y ocupa un espacio al aire libre, acomodado para conversar durante un día. El almuerzo se servirá más tarde en escudillas de barro. No hay nada desechable, el empeño en la manera de acoger a quienes asisten es evidente y hasta el baño está arreglado con pino.

Eduardo Wuqu’Aj Saloj, agrónomo y agricultor maya kaqchikel de Sololá, inició el proyecto agrícola comunitario Awän (significa «milpa» en kaqchikel) enfocado en el sistema ancestral de cultivar alimentos, el sistema milpa. Hoy habla frente a las personas que asisten: «¿ven la palabra “colectivo” que está en mayúscula y resaltada? Porque nos afectamos los unos a los otros. Es importante hablar el mismo idioma y realizar propuestas en colectivo».
Esta estructura de pensamiento es opuesta al marco económico neoliberal, que según este artículo «sitúa la libertad individual por encima de cualquier otro valor».

Eduardo propone que las soluciones al cambio climático para el sistema reproductivo de la vida se encuentran desde la participación en las reuniones y en las sesiones comunitarias, como en la promoción y divulgación de prácticas ancestrales.
Hace un llamado a no despegarse de la cultura indígena y aprovecha para explicar por qué este conversatorio se realiza un lunes:
«Sí, los lunes es inicio de semana. Pero, hoy no solo es lunes, hoy es día Aj, día de la milpa, de la comunidad, de la familia, de la esencia. Hacer comunidad, conectarnos y ver la colectividad y lo que siempre ha funcionado: es estar unidos».
El sistema reproductivo de la vida
Eduardo, con la expresión «el sistema reproductivo de la vida» ahonda en la definición de cultivar alimentos o sembrar cultivos. «Es un sistema reproductivo de vida. Reproduce alimentos para el consumo familiar y comunitario. Estamos reproduciendo un sistema de vida reproductivo y no productivo».
La socióloga maya k’iche’ Gladys Tzul Tzul en su artículo Mujeres indígenas: Historias de la reproducción de la vida en Guatemala apunta también al enfoque indígena desde la reproducción de la vida por dos razones. Por las disputas de los medios materiales de la reproducción y por la vida misma que se coloca en el centro del análisis político.
Para acercarse a las políticas indígenas es preciso hacerlo desde la reproducción, según explica la socióloga: «nuestras historias están contenidas por una larga cuenta de acontecimientos colectivos que han construido caminos políticos de lucha donde centralmente se disputan los medios materiales de la reproducción».

Y porque pone a la vida en el centro del análisis político: «si pensamos desde las formas de gestionar y reproducir la vida cotidiana tendremos una óptica ampliada para mirar nuestras historias, nuestras luchas y nuestras estrategias para plantear, producir y organizar lo común».
Eduardo aterriza el concepto con estas frases: «para la alimentación, nosotros tenemos que comer para vivir, pues es literalmente la vida de la cual estoy hablando. No es una cosa mística, no es una cosa de magia, es algo físico y literal».
Cabe agregar que lo planteado por Eduardo Wuqu’Aj Saloj y por Gladys Tzul Tzul acerca del sistema reproductivo de la vida es retomado por organismos internacionales como la Organización Internacional del Trabajo (OIT, por sus siglas en inglés). En su informe de 2017 titulado Los pueblos indígenas y el cambio climático. De víctimas a agentes del cambio por medio del trabajo decente, la OIT se refiere a agricultura climáticamente inteligente.
En una línea próxima, en 2021 se publicó un artìculo liderado por la científica Marianna Fenzi de la Escuela Politécnica de Lausanne (Suiza) titulado Community seed network in an era of climate change: dynamics of maize diversity in Yucatán, Mexico.
El estudio de Fenzi sostiene que la resiliencia climática depende de las semillas disponibles a nivel local, de las variedades de cultivos tradicionales. Su equipo de científicos analizó la dinámica de la diversidad del maíz a lo largo de tres años en una comunidad agrícola que sufrió elevados niveles de precipitaciones en 2012 y explica el concepto que incorpora una combinación de técnicas de pueblos originarios con otras modernas.
Gracias a las prácticas ancestrales agrícolas, los bancos de semillas resguardan la biodiversidad de germoplasmas nativos y se convierten en una herencia viva.
En el mismo sentido, la Conferencia Mundial sobre los Pueblos Indígenas (2014) en el punto 26 de su resolución aprobada por la Asamblea General de la ONU reconocía: «la importancia de la contribución que los pueblos indígenas pueden hacer al desarrollo económico, social y ambiental por medio de las prácticas agrícolas tradicionales sostenibles, incluidos los sistemas tradicionales de suministro de semillas» agricultores mantuvieron la resiliencia de sus agroecosistemas a través de redes de semillas, examinando los factores que influyeron en la diversidad del maíz y el aprovisionamiento de semillas en el año anterior y posterior a la perturbación climática de 2012.
En el estudio de Fenzi se descubrió que, en estas circunstancias adversas, los agricultores centraron sus esfuerzos en sus variedades autóctonas más fiables, prescindiendo de los híbridos y se demostró que los agricultores fueron capaces de recuperar y restaurar la diversidad cultivada habitualmente en la comunidad en el año siguiente al evento climático extremo.
La dinámica del maíz evaluada en este estudio demuestra la importancia de la conservación a nivel comunitario de la agrobiodiversidad de cultivos nativos. Estas estrategias de gestión de la agrobiodiversidad por parte de los agricultores, resultan especialmente importantes durante un periodo climático difícil, para promover una respuesta más adaptada al cambio climático en los sistemas agrícolas tradicionales.

Aunque con limitaciones, las semillas nativas puede ser una solución
El fitomejorador Francisco Vásquez en su documento Sistemas de semillas locales, sus limitantes y posibilidades en la legislación guatemalteca explica que Guatemala dispone de dos sistemas de producción y comercio de semillas, formal e informal.
El autor explica que por un lado existe la agricultura que usa semilla proveniente de programas de mejoramiento genético moderno y regulado por un sistema oficial de certificación que garantiza su calidad (sistema formal). Y por otro lado, tiene agricultura donde se usan semillas nativas obtenidas de sus mismas cosechas, en sus comunidades, con prácticas tradicionales de selección de semillas.
El autor apunta que este último sistema informal no es reconocido por el ente gubernamental encargado, como la Comisión técnica de semillas creada por los Acuerdos ministeriales 180-2012 y 219-2013, del MAGA. No obstante la importancia que tienen las semillas nativas, el país no cuenta con un inventario a nivel nacional que las identifique.
Una de las consideraciones que se ha hecho sobre el maíz nativo es que no es suficiente para el consumo nacional. Según el artículo Situación del cultivo de maíz en Guatemala (2022), la producción nacional no cubre la demanda de maíz amarillo, por lo que se tiene que importar.
Este mismo artículo del Instituto de Ciencias y Tecnologías Agrícolas de Guatemala (ICTA) sostiene que el rendimiento promedio nacional es de 2,154 kilos por hectárea y que es bajo comparado con el de los mayores productores del mundo. También apunta que el uso de semillas certificadas podría ser una de las claves para contribuir al aumento de la productividad. En respuesta a esto, el ICTA ha generado variedades e híbridos de maíz adaptados a los sistemas productivos del país. Sin embargo, como lo evidencia el estudio Fenzi, las semillas nativas son las que mejor se adaptan en términos de suelo y cambio de clima.
En 2015, la Revista mexicana de ciencias agrícolas concluyó comparando dos maíces nativos y dos híbridos. El resumen del artículo indica: «Los genotipos evaluados mostraron estadísticamente similar rendimiento aun cuando fueron establecidos en dos épocas de siembra y dos épocas de cosecha diferentes».
Según el ingeniero agrónomo Ángel Cordón, por ejemplo el maíz híbrido ICTA B7, es una excelente semilla en términos de adaptación a la sequía. Es además de corte bajo, ideal contra fuertes vientos y tiene un rendimiento por encima del maíz nativo cuando este se encuentra en estrés hídrico (es decir cuando le hace falta agua, o cuando enfrenta sequía). «Obviamente, hay maíces criollos que cuando los pones a competir con ICTA B7, si tienen las condiciones de humedad, se las llevan. Su óptimo rendimiento no está por encima del óptimo rendimiento de ciertos (tipos de maíz) criollos, eso si lo tenemos claro». Ángel Cordón se refiere a especies que se producen en el área de costa, no del altiplano, como los descritos por Eduardo Wuqu’Aj Saloj.
El cambio climático y sus adaptaciones
Cuando se le pregunta a Eduardo cómo observa el cambio climático en su trabajo de agricultor y agrónomo, responde que le preocupa el aumento de las plagas y la disminución de las lluvias.
«Tenemos que buscar ideas y métodos para contrarrestar estos efectos. Una de las adaptaciones puede ser con algo para nosotros muy sencillo, con nuestras semillas, por ejemplo», dice Eduardo y añade: «experimentamos que las semillas de las comunidades resisten porque logran adaptarse a los cambios de clima, y ya están adaptadas a nuestros suelos. Se trata de seleccionar correctamente las semillas de la cosecha del año para la siembra siguiente».

El principio de las semillas autóctonas usadas por los pueblos indígenas es que están adaptadas a su territorio, lo que las hace más fuertes por su armonía con las condiciones climáticas de su entorno, igual si estas evolucionan. Esto lo ha estudiado la investigadora Lucía de la Rosa del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA) de España. Como las semillas nativas se adaptan mejor al cambio climático, el instituto creó un banco de semillas nativas y afianza que estos resguardos («bancos de semillas») son un «apoyo clarísimo frente a las necesidades del cambio climático».
En la parte alta de Sololá, según Eduardo, las familias conservan y usan distintos tipos de semillas. Eso significa que existe una considerable diversidad y que eso sirve para la adaptación en el periodo de lluvias, que ahora resultan inestables. Eduardo subraya que esta agrobiodiversidad les da esperanzas porque tienen material suficiente para elegir y sembrar.
En contraste, según Eduardo, las semillas de hortalizas en Patzicía (una de las zonas que más produce en Guatemala), tienen poca adaptabilidad al cambio climático: «no fueron creadas en un ambiente natural que sufre del cambio climático. Son semillas creadas en ambiente controlado. Estas semillas híbridas tienen poca adaptabilidad».
El agricultor añade que, además, las semillas híbridas requieren de la utilización de plaguicidas («agrovenenos» los llama él), insumos de fuera de las mismas comunidades para lograr la cosecha. «Mientras que las semillas que tenemos en las comunidades, hemos visto que han dado mejor resultado. Nuestro maíz, quizás tenga de 5,000 a 8,000 años y creemos que esos antecedentes nos dan la esperanza de continuar».
El relator especial para el derecho a la alimentación, Olivier de Schutter mencionaba en el informe de 2009 para la Asamblea General de las Naciones Unidas que «las variedades de semillas comerciales pueden ser menos apropiadas para los entornos ecológicos específicos en los que los agricultores trabajan, para los que las variedades tradicionales pueden resultar más apropiadas».
Pero las empresas cada vez son más agresivas, según Eduardo y esa homogeneización de la biodiversidad le resulta preocupante.La homogeneización de la biodiversidad consiste en la extinción de las especies nativas que constan de múltiples variedades. Esto conlleva una estandarización de ecosistemas y la consiguiente pérdida de diversidad ecológica.
En 2023, diputados de la comisión de Agricultura del Congreso de la República de Guatemala presentaron al legislativo una iniciativa de ley para la «protección de obtenciones vegetales» (iniciativa 6283). En resumen, esta ley abre las puertas a empresas que quieran patentar y apropiarse de recursos naturales nativos, como las semillas.
Awex Mejía Cipriano, representante de la Asociación Ceiba e integrante de la Red Nacional por la Defensa de la Soberanía Alimentaria en Guatemala (REDSAG), mencionaba en esta nota de Prensa Comunitaria que, con la aprobación de esta iniciativa de ley, los agricultores tendrían el riesgo de despojo de sus semillas nativas y criollas.
Eduardo sostiene que las mega corporaciones de semillas como Bayer-Monsanto, «han entrado en guerra con la Madre Tierra con la explotación de los elementos y los recursos», y añade: «tenemos que regresar hacia lo natural».
Aunque las semillas nativas no son una solución milagrosa, las experiencias de agricultores como Eduardo Wuqu’Aj Saloj y los estudios al respecto demuestran que pueden ser una alternativa eficaz para las comunidades, ya que pueden resultar más resistentes a los efectos del cambio climático.
