Mujeres rebeldes: guerrilleras indígenas en Guatemala (Parte 3, final)

Por: Ana López Molina

Artículo publicado por Revista Clepsidra y reproducido bajo licencia Creative Commons. El texto completo puede ser consultado en este enlace. Esta publicación incluye solo una parte del mismo.

Imagen de portada: Collage/ArchivoGt/Creado con Landing

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La historia y la memoria de las mujeres

La memoria se inscribe en el cuerpo, en las figuras que forman las cicatrices, las estrías, las consecuencias de una mala alimen-tación. El cuerpo relata la historia personal, pero lo hace también desde lo colectivo: es una memoria que es y no es, a la vez, propia.

El relato de la memoria, y sobre todo de la memoria de rebeldía, ayuda a desnaturalizar jerarquías y costumbres patriarcales. En la experiencia compartida se hacen evidentes las desigualdades de género que son parte constitutiva de la identidad. En las narracio-nes recogidas las mujeres entrevistadas cuestionan estas desigual-dades y develan las luchas, las grandes, armadas, y las pequeñas, cotidianas, que las forman y transforman.

El cuerpo: relatos íntimos

Los relatos sobre el cuerpo fueron difíciles de elaborar. Hay ver-güenza y muchos temas tabú. Risas nerviosas, silencios, miradas esquivas. Nosotras les aseguramos respetar su privacidad, por eso los relatos en esta parte son anónimos, como anónimas han sido ellas en la historia, incluso durante la desmovilización.Ellas comparten el haberse unido a la guerrilla siendo adoles-centes de 12, 13 o 14 años. Desde niñas estaban viviendo en carne propia la política contrainsurgente: asesinato sistemático de pobla-ciones enteras; destrucciones de viviendas, sembradillos y anima-les (tierra arrasada); y reasentamiento en “aldeas modelo”. En los relatos, los padres tienen gran relevancia en la decisión de alzarse en armas, así como también el miedo a sufrir agresiones sexuales o a ser asesinadas por el Ejército.

Esta decisión tuvo varias consecuencias en sus cuerpos. Una fue el cambio de vestimenta: del uso exclusivo del traje regional com-puesto por corte (falda), güipil (blusa) y cinta en el pelo, pasaron a vestir el uniforme verde olivo, camisa, pantalón y botas. Además tuvieron educación sexual, algo que en casa no hubieran recibido. Ahí aprendieron sobre la menstruación, la prevención de embara-zos y el derecho a decidir cuántos hijos y cuándo tenerlos, así como de elegir o no una pareja. Significó, también, cierto control, ya que tenían instrucciones explícitas de no sostener relaciones sexuales y no embarazarse mientras estaban en “la montaña”. Casi ninguna sabía sobre la menstruación. La organización guerrillera incluía comisiones de salud e higiene, que orientaban a hombres y mujeres, asistían en caso de padecimientos y otorgaban toallas para ellas. De todas formas, muchas lloraron al recordar la menarquia. “Si estás entre 10 o 15 hombres y menstruás vos, tenés que tener confianza con un hombre, el del mando tiene que tener una idea” (p. 60).

Gracias a esta experiencia, reconocen en el sexo el placer, además de la función reproductiva, aunque lo ven posible solamente con el marido. Por último y muy importante, aprendieron que tienen derecho a una vida sin violencia sexual ni doméstica, y a tomar decisiones sobre su cuerpo, aun cuando no siempre lo ejercen.La división sexual del trabajo también se trastocó, según nos explicó un hombre que estuvo al mando: “no existe diferencia en el miedo y la puntería” entre ambos sexos. Ellas aseguran que estando en la montaña conocieron el respeto entre hombres y muje-res. Sin embargo, reconocen que hubo mandos que quisieron apro-vecharse de su puesto para obtener favores sexuales, pero ellas no accedieron. Los excombatientes reconocen que en este sentido, y en el combate, ellas fueron muy valientes: “Conocí combatientes más valientes que los compañeros donde hicimos recuperación de armas, las mujeres fueron las que se lanzaban a hacerlo. Las com-pañeras tenían fuerza para cargar a guerrilleros heridos y salvarles la vida” (p. 53).

Los relatos sobre la niñez, es decir, antes de alzarse en armas, no contienen juegos, sueños ni diversión. “Yo no tengo historia por-que no conocí a mi mamá ni a mi abuela. Cuando chiquita me fui a trabajar con mi papá con el azadón y el machete a limpiar la milpa, yo también sé moler en piedra. No me pusieron en la escuela, me levantaba a las cuatro de la mañana, mucho trabajo, desde temprano a cargar agua, barrer, hacer almuerzo, dejar (lle-var) almuerzo” (p. 55-56).

Una de las reflexiones recurrentes en ellas es que al volver a las comunidades la vida volvió a ser la misma de la niñez: encerradas en sus casas, sin poder decidir sobre sus cuerpos, en condiciones de vida indignas y que atentan contra su salud, sin posibilidades de educación, como lo evidencian estas palabras: “mi esposo quería tener hijos, pues, entonces tuve los cinco, hasta seis, pero se me murió uno. Yo no quisiera tener tantos hijos (…)” (p. 70).La salud es uno de los aspectos que muestra más consecuencias de su paso por la guerrilla y la vida que han llevado posteriormente. Algunas tienen heridas de bala que les provocan dolor constante, otras perdieron algunas partes de su cuerpo, como un ojo o un dedo. La salud emocional también está muy descuidada, la muerte les ha marcado desde antes de unirse al combate, e incluso después han tenido que ver hijos morir, algunos antes de nacer.

El corazón: relatosa afectivos

Cuando hablamos de las razones y las emociones es cuando volvemos a pasar por el corazón las experiencias. Las preguntas que les hicimos invitaban a reflexionar sobre los motivos por los que se alzaron, sus aprendizajes y sus frustraciones. En esta parte, donde con más fuerza hablan sobre su experiencia en la guerrilla, los rela-tos ya no son anónimos, son clandestinos. Aparecen sus seudóni-mos, el nombre con el que fueron conocidas durante sus años en el EGP. Algunas estuvieron dos o tres años, otras llegaron a perma-necer dieciocho o veinte años “en la montaña”.Lo único que la realidad les ofrecía era hambre, muerte y dis-criminación. No sorprende que después de sobrevivir a una masa-cre, o a manera de prevención, muchas decidieran alzarse, como lo cuenta Margarita: “las balas del ejército alcanzaron a un mi her-mano y quedó muerto, entonces me fui a la guerrilla, no le dije nada a mi papá, solo pensé voy a combatir, voy a aprender cómo se porta un arma. (…) Mi pensamiento fue que los ejércitos tienen que pagar porque mataron a mi hermano” (p. 78). Estela relata desde el recuerdo doloroso de la masacre en la que murieron sus abuelos, afirmando que se unió a la guerrilla para saber si le era posible, como mujer, tomar un arma, y por “la cólera que sentía por mis abuelos” (p. 79). Dentro de la organización guerrillera cono-cieron el sueño de una Guatemala distinta, y lucharon por ello. Muchas huérfanas, todas sobrevivientes, encontraron en la gue-rrilla compañía, apoyo, seguridad y comunidad. El miedo, impo-tencia y sentimientos de venganza cedieron ante el respaldo y la protección que encontraron en el EGP. Algunas se unieron por sugerencia de los padres, como resultado de las acciones organiza-tivas en las comunidades o como parte de una apuesta de familia, en la que varios miembros se alzaban. Otras llegaron como único recurso luego de quedarse solas y haber presenciado el asesinato de sus familias a manos del Ejército. Otras lo hicieron como acto de rebeldía, dejando la casa paterna sin permiso, y sólo regresando algún tiempo después para hacerles saber que estaban bien.En los relatos se hace evidente el tránsito del odio al sentido de la lucha. Pocas afirman haberse unido conscientes del trasfondo político de la lucha, pero todas llegan a ese entendimiento de que lo hacían por algo todavía más grande que sus familias y sus comu-nidades, o una venganza o ira justa. El uso de diferentes armas, desde un revólver hasta una ametralladora que debían transportar entre dos, les causa orgullo. Se sentían fuertes cuando estaban armadas y entrenadas para usar y mantener en buen estado sus fusiles y carabinas. Eran apenas niñas que iban creciendo y madu-rando en medio del combate y la vida comunitaria en la montaña. Haber crecido así les enseñó una forma diferente de identificar su sexo, no ligado a las tareas del hogar y reproductivas como ocurre con la mayoría de las mujeres. “¿Será que puedo hacer lo que hacen los compañeros?, ¿será que no seré capaz?” es la pregunta que Lina (p. 80) se hizo, y la que casi todas las demás se hicieron a sí mismas antes de dejar el hogar para ir a la montaña. Los padres y abuelos de muchas pensaron que no iban a poder, que su capacidad física se vería superada, o les hacían ver que su lugar era en la familia: “sos la mayor y quién va a cuidar a tus hermanos y a tus abuelos” (Irma, p. 80). A pesar de haber iniciado su vida como guerrilleras tan jóve-nes y que era una decisión en medio de sentimientos de pérdida, de dolor, miedo e incertidumbre, encontraron en la organización armada una “madre” que se ocupaba de todas sus necesidades. La Comandante Lola lo expresa así: la organización “era la madre que solucionaba los problemas o te castigaba, si queríamos tener un hijo pedíamos permiso, te protegía y te resolvía si tenías un dolor, si necesitabas calzones o corte de pelo. La vida colectiva que tuvimos nos sostuvo, nos alimentó, nos dio fuerza” (p. 73).

También hay sentimientos de frustración debido a que no pudieron aprender todo lo que esperaban. Algunas no consiguieron aprender a leer y escribir, o adquirieron nada más un español rudimentario. Y todas están conscientes de que después de la lucha y lo que implicó, ahora siguen viviendo en la misma pobreza que conocieron de niñas.

A pesar de su convicción de pertenecer a la guerrilla, hacen un reclamo porque sienten que fueron excluidas de los procesos polí-ticos propios de las tres organizaciones que conformaban URNG, de las negociaciones de paz y del contenido de los Acuerdos que se iban firmando. Al dejar la guerrilla por decisión propia, tal como habían llegado, se desligaban casi por completo. Muchas regresa-ron a sus comunidades, otras fueron a las CPR. Volver significaba carencias económicas y, algunas veces, burlas y hostigamiento por haber dejado de “ser mujeres” vistiendo pantalón y haciendo “cosas de hombres”. Todas tenían miedo de represalias por parte del Ejército. Se sentían desprotegidas sin sus armas y, sobre todo, de nuevo huérfanas: ni URNG ni el Estado las apoyaba. Recibieron corte, güipil y cinta de parte de amigos o familiares. No tenían tierra ni medios productivos. El sufrimiento al volver era el doble que al dejar la comunidad. Y luego estaba la parte psicológica de recobrar el rol femenino, el nombre, dejar la clandestinidad.URNG no fue capaz de mantener los contactos, la información, las relaciones ni la cohesión. De ahí que quienes salieron por propia voluntad de las filas guerrilleras luego experimentaran sentimien-tos de abandono. “A mí no me reconocieron, yo sé de personas que estuvieron en la guerrilla un mes o dos y les dieron apoyos, ese es el problema que tengo con URNG. Se equivocó porque no detectó bien a los que combatimos tantos años ni supo los que fue-ron heridos, perdieron su pie o su pierna, no se fijó ni se preocupó por todos, mujeres y hombres excombatientes” (Margarita, p. 97).

Deseos y prácticas: relatos de cambio

En el momento de la investigación y en la actualidad, las y los integrantes de Kumool viven en condiciones indignas. Las vivien-das carecen de servicios públicos de calidad, la mayoría aún tiene piso de tierra y se cocina con leña en un fuego abierto, lo que afecta la salud respiratoria de la familia. Mientras más alejadas de los centros urbanos, especialmente de Nebaj, más difícil es la vida, haciendo que las familias dependan enteramente de sus cultivos y animales. Saben en carne propia que los Acuerdos de Paz no se cumplieron ni respetaron. Incluso saben que los Tratados de Libre Comercio han deteriorado aún más sus condiciones de vida, así como los proyectos de “desarrollo” de la región relacionados a las empresas extractivas.

La única diferencia que ven entre su vida antes y durante la guerra y el hoy es que ahora no son perseguidos. Para explicar esta desigualdad recurren al discurso revolucionario que pone la res-ponsabilidad en los ricos y los gobiernos, pero no critican el modelo económico ni el sistema clientelar de partidos políticos y gobierno municipal: “Nosotros luchamos por sacar a los ricos, porque ellos tienen nuestra tierra, nos amenazan por pobres y maltratan por indígenas” (María de León Cobo, p. 102). Y la lucha que siguen haciendo desde Kumool la hacen sin esconderse y aceptando ple-namente su identidad como excombatientes. Por eso, en esta parte utilizamos los nombres y apellidos de cada una de las mujeres que narró su historia.

En el ámbito de las relaciones de género, ven con tristeza cómo no hubo cambios en lo cotidiano, a pesar de que muchas tienen pare-jas que combatieron junto con ellas. “Los hombres no compren-den que tenemos iguales derechos. Ellos quieren que cada quien siga con su trabajo, nosotras cocinando, atendiendo a la familia, lavando la ropa y los trastos, sacando la basura. Los hombres pien-san que no pueden tocar nuestras tareas. Si tenemos libertad de luchar, entonces tenemos que participar en cualquier actividad, en reuniones, en distintos lugares: eso significa libertad para nosotras, significa tiempo” (María Itzep Acabal, p. 104).

Pero no todo ha seguido igual. Además de reconocer que sí hay algunos frutos de la lucha armada, como el reconocimiento de los idiomas indígenas y la educación bilingüe, también reconocen un grado de autonomía organizativa. “Ya conocemos un poco de nuestros derechos, por ejemplo el derecho de participar. Es bueno que nosotras estemos en la organización para que capacitemos a nuestros hijas e hijos, todas las madres lo tenemos que hacer (…). Los hombres siguen mandando, sólo puede haber cambio con los hijos chiquitos (…)” (Damasia Cha Ceto, p. 104).

Como se mencionó, hay una Junta Directiva de Mujeres. Desde esta instancia, han diseñado proyectos productivos, por ejemplo, diseñaron un proyecto para tener un bosque energético y buscaron financiamiento. El proyecto no se concretó, pero sirvió como ejer-cicio de construcción colectiva y para atisbar otros horizontes en cuanto a trabajo y relación con la naturaleza. Incluso la posibilidad de recoger la memoria de ellas como mujeres indígenas combatientes fue una iniciativa propia, a partir de la convicción de la necesidad de no olvidar y del reconocimiento de su lucha, armada y organizativa.

Contra el olvido

Este ejercicio de memoria fue uno de escritura de la vida, por-que cada relato inició con la carga sensible, en una primera reu-nión donde todas lloramos, ellas sobre todo, al volver a pasar por el corazón lo vivido. Pero también reímos, porque se recuerda con todos los sentidos. Ellas narraron, nosotras escribimos, recogimos la pulsión de vida, desde lo más primario hasta lo más visceral. Era recurrente escuchar la frase “lo que viví no se me va a olvidar”. Pero sabemos que el olvido es parte constitutiva de la memoria. No pretendemos que los relatos recogidos contengan todo lo ocu-rrido, ni exactamente cómo ocurrió. Más importante nos pareció recogerlo tal cual podía ser narrado en ese momento, con la inten-ción del reconocimiento. En el relato mediado por las narradoras se fue expresando el contexto social, los códigos culturales, los lazos comunitarios. Se saben mujeres indígenas con un pasado cuyas huellas en el presente las distingue de otras indígenas que también sintieron el impacto de la guerra.

A las mujeres indígenas les cuesta hablar de sí mismas. Ver hacia atrás y relatar lo que han hecho, lo que han sido. Ver hacia adelante y elaborar lo que sueñan, lo que anhelan. En el ir y venir entre pasado, presente y futuro que significa la memoria, aceptando que en la elaboración del relato hay autocensura, embellecimiento, silen-cios y olvidos, algo que surge con facilidad es la emoción. Reme-morar, como proceso compartido, subjetivo, activo y compartido, junto con excombatientes, permitió ubicarlas en su protagonismo histórico, sacarlas de la figura de víctimas. La memoria femenina moviliza los referentes identitarios, tanto de ellas como de nosotras, las que hicimos el trabajo de escritura.

Los esfuerzos en Guatemala por “recuperar memoria” o “recons-truir memoria”, que fueron inmediatamente después de la finaliza-ción del conflicto armado (ODHAG, 1998; CEH, 1999), recogie-ron relatos traumáticos; son compendios de dolor, muerte, miedo. En este esfuerzo, quisimos profundizar en un relato de protago-nismo, voluntad y decisión, sobre todo de mujeres, siempre presen-tes en la historia pero también invisibles por la intersección de clase, etnia y género, en la sociedad y en las filas guerrilleras. A través de las luchas que ocurren en momentos en que el tiempo “normal” se rompe, como en una guerra, y particularmente las luchas de las mujeres o donde ellas participan, adquieren –además de su propó-sito explícito– una capacidad de trastocar las relaciones de género establecidas. Al desaparecer, aunque sea momentáneamente, las nociones, concepciones, construcciones y creencias que encierran a las mujeres en el hogar, la libertad para actuar y decidir es también libertad para cuestionar. Esas son las memorias rebeldes.

La rebeldía fue ser cómplices a través de la palabra y la escri-tura, aprovechar para reunirnos y crear un espacio para acabar con el mutismo femenino (impuesto y autoimpuesto). La rebeldía ahora está en narrar, desde la voz y desde el cuerpo, un pasado que interpela al presente.

Epílogo

La relevancia de conocer estas memorias rebeldes es su valor testimonial en la actual coyuntura negacionista por la que atraviesa Guatemala. El 19 de marzo de 2013 se inició el primer juicio por genocidio y delitos contra deberes de humanidad, el primero en Guatemala y el primero en ser juzgado en cortes del mismo país donde ocurrieron los delitos. Se encontró culpable y se sentenció a Efraín Ríos Montt a 80 años de prisión.

La parte acusadora y los testigos fueron todos ixiles. Los Pla-nes Militares elaborados durante los gobiernos de Benedicto Lucas García y Efraín Ríos Montt (1978-1983) que identificaban a los ixiles como enemigos internos estaban diseñados para extermi-narles y para reconcentrar a la población sobreviviente en “aldeas modelo”. Se pusieron en marcha formas de control de la población que incluían mayor presencia militar y reclutamiento forzoso, así como la creación de cuerpos paramilitares conocidos como Patru-llas de Autodefensa Civil. El ataque directo y el cerco de la pobla-ción civil cumplió el objetivo de debilitar al EGP a partir de evitar el apoyo popular. El Plan Sofía, diseñado para aniquilar a la pobla-ción ixil, fue puesto en marcha por la Fuerza de Tarea Guamarkaj.

Durante este período el encargado de las operaciones militares en la región era el kaibil (cuerpo élite del Ejército, reconocido como el más sanguinario), Otto Pérez Molina, actual presidente electo de Guatemala (Organismo Ejecutivo).Ríos Montt fue juzgado junto con otro militar, jefe de inteligen-cia de su gobierno, José Mauricio Rodríguez Sánchez. La defensa de ambos no litigó en el juzgado sino que interpuso cuanto recurso le fue posible, entrampando el juicio y llevándolo hasta un limbo jurídico. La sentencia fue anulada, retrocediendo el proceso penal hasta antes del inicio del juicio. Estas artimañas no hubiesen sido posibles sin voluntad política dentro del Organismo Judicial.

El 13 de mayo de 2014, Organismo Legislativo emitió un “punto resolutivo”28 para la “reconciliación nacional”, instando a dejar de lado la discusión sobre la posibilidad jurídica y los hechos que cali-fican como genocidio en Guatemala, porque “polariza a la socie-dad”.Ante un Estado que niega el derecho a la justicia y que sistemá-ticamente viola el derecho a la vida, la rebeldía es seguir resistiendo desde la memoria.

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